En construcción

Escribir tiene para mí varios efectos. Rehago mis caminos. Reconstruyo mis trayectos. Recompongo la unidad de mi vida.

La memoria viene en detalles. Por ahí veo lugares donde viví o por donde pasé, como si estuviera allí. Estoy allí, en realidad.

Ahora mismo estoy viendo escenas de la casa donde viví con mis padres y hermanos en la calle Leonidas Aguirre, en Mendoza.

Vistas de la ciudad de São Paulo, donde viví de 1977 a 1989. Paradas de ómnibus. Viaductos. El parque Ibirapuera. Gente que conocí en los barrios donde viví, y en la calle.

Cuando escribo vuelve la vida. La vida vivida. Lo que la poesía recupera. Veo mis hijas e hijos. Son memorias vivas. Siento su presencia. Oigo sus voces. Cancelo el paso del tiempo.

Esta es la eternidad que es posible vivir y vivo. Recojo instantes, y los instantes son cada vez más míos. Más vida en cada segundo.

He ido dejando comportamientos que no eran míos y que yo repetía. Se me habían pegado a la piel. Hoy por ejemplo estuve en la clínica donde hago mis exámenes cardiológicos.

Mientras esperaba, venían las memorias de las veces que había estado en ese barrio. Las memorias son vida recuperada. En la medida en que voy estando más presente, más la vida se presenta.

Más veo la unidad de las cosas. Lo que ocurre, lo que vivo y siento, van siendo otra vez una sola cosa. Tengo menos ansiedad. Más confianza.

Menos comportamientos impuestos me dejan libre y suelto. No me asusta la muerte. No me focalizo en la muerte. Mi foco es la vida. La vida vivida. No busco aplauso al escribir.

Escribo talvez para unas pocas personas, no sé. Cuando junto mis escritos en la construcción de un nuevo libro, se abre un paréntesis.

No tengo miedo. O aunque pueda llegar a tenerlo, sigo adelante. No me paraliza. No me paralizó en el pasado, ni tampoco ahora.

Junto mis escritos sobre la mirada poética, que es el foco unificador de todo lo que vivo y hago hoy. Una constatación. Una confirmación, apertura y expansión.

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