Celebro la vida. Celebro mi vida. No podría llegar a celebrar la vida en abstracto. No hay algo como la vida genérica. Hay vida vivida. Mi vida celebro. Celebro mi vida. Mi nacimiento. Mi lucha. Mis victorias. Y aún las heridas que me dejaron los golpes recibidos transformo en flores. Perlas, como decimos en la Terapia Comunitaria*. Fortaleza. Competencia sanadora.
Pero déjenme contarles una historia. Una historia cortita, como yo. Me gusta ser claro y directo. Un día de junio de 1976, el año en que se instaló la feroz dictadura de Videla en Argentina, recibo una carta. Un papel impreso en el que se decía que yo estaba siendo expulsado de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) en Mendoza.
La “acusación” era subversivo. Yo era, para la intervención militar en la UNCuyo, “subversivo.” O sea, estaba destinado a morir. Secuestro. Tortura. Desaparición. Era lo que le venía sucediendo a los y las “subversivos(as).” 50 años después de leer esa carta que me precipitó a la categoría de perseguido, florezco. Merezco. Merecí y sigo mereciendo vivir.
No es que alguien no lo merezca. Todos y todas lo merecemos, como bien lo recordaba una compañera en la ronda de TCI* este martes pasado. No es porque alguien sea negro o negra, migrante de no sé qué origen o religión, no merecería vivir. La vida es un don incuestionable. Debería serlo. Y yo soy uno de los que trabaja por la vida plena. Plenamente. Perfectamente.
Esto significó y sigue significando para mí, lo mismo que ayer. Ser entero. Entera. No falsearse. No autodestruirse. Aceptarnos. Amarnos. Después de perder mi condición de alumno de la carrera de Sociología en la UNCuyo, perdí, al mismo tiempo, la tranquilidad. No sabía a qué horas vendrían a buscarnos. Susto. Miedo.
Las marcas me acompañan todavía. Atenuadas. Me recuerdan la historia argentina reciente. Lo que no debe repetirse. Genocidio nunca más. ¿Y saben qué hice y sigo haciendo para seguir entero y feliz? Sigo haciendo lo mismo que hice siempre. Restablezco mi confianza en mí mismo y en la comunidad. Vuelvo a reír. Vuelvo a cantar, como dice la canción de Sabú.
Vuelvo a reír. Vuelvo a cantar. Sí, sí. Eso mismo. Es lo que hacía en los 1960 y 1970. Vuelvo a reír. Vuelvo a cantar. Poetizo tanto cuanto puedo. Cambio el mundo con mi presencia y mi palabra. Palabra plena. Sí. Sí. Eso mismo. Me río, cosa que le molestaba tanto a tanta criatura enferma ya en aquellos años de luchas y de sueños.
Confundían seriedad con cara fea. Siempre fui y sigo siendo serio. Riéndome, cuando quiero o me hace gracia algo. Salgo de los papeles impuestos. Revolución no es cara fea. Tampoco es payasear. Es ser feliz, sobre todo. Ser entero. Entera. Sí. Sí. Así que ya les digo. Celebro la vida. Simplemente.
Lo que más combatí siempre y sigo combatiendo, es la muerte en vida. Eso mismo. No te mueras antes de tiempo. Si estás vivo o viva, viví. Hoy mismo a la noche, hay fiesta de San Juan en el sindicato docente. São João na ADUFPB. El sindicato de las profesoras y profesores de la UFPB.
Festejamos la continuidad de la vida. La vida renacida. La vida, simplemente. Quería celebrar con ustedes, que hacen y leen esta revista. Les agradezco su atención. Y si quieren dejar sus comentarios, mejor aún. Siempre creí y sigo creyendo en el diálogo. La palabra libre, que vuela. Suelta. Sigue. Toca y se va.
A esta edad, serenidad. Ser en Idad. Jugar con las palabras. Siempre me gustó y me sigue gustando. Somos sonidos. Son idos. Idos y vueltos. ¡Ja ja ja ja! Me acuerdo cómo me reía con mis amigas y amigos en Mendoza. Y ahora en João Pessoa, Paraíba, Brasil. Ya me iba yendo sin contarles lo lindo que es el mar. Montaña. Mar.
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*Terapia Comunitaria Integrativa.
(17-06-2026)

Sociólogo, Terapeuta Comunitário, escritor. Vários dos meus livros estão disponíveis on line gratuitamente: https://consciencia.net/mis-libros-on-line-meus-livros/
