Los que van a morir te saludan, por Carlos Salvador La Rosa

“El 8N es la expresión del malestar de una Argentina que está muriendo”. Ernesto Laclau, eminente intelectual K

Lo que ayer se vio en todo el país fue el clima contra el clima. Con temperaturas ardientes, los ciudadanos no le hicieron asco al calor extremo y lo derrotaron con un calor mayor que provenía de sus ganas de expresarse por las calles de la República. Contra viento zonda, apagones y marea.

Pero no sólo se trató de una pelea contra el clima sino que sobre todo fue un gran debate político acerca de quién expresa lo nuevo y quién lo viejo en la Argentina del presente.

Si, como dice Ernesto Laclau, estas movilizaciones contestatarias son el último espasmo de una Argentina pasada que se resiste a morir o si, por el contrario, algo nuevo está apareciendo en el horizonte nacional para cuestionar un statu quo dominante, un gobierno paralizado no tanto por el contenido de sus políticas sino por la nula capacidad de autocrítica y la aún mayor incapacidad para escuchar.

Un gobierno que desde el 13S al 8N no hizo la más mínima rectificación, al mismo tiempo que incrementó de modo exponencial las descalificaciones hacia cualquiera que osara criticarlo.

La primera reacción oficial frente a las protestas multitudinarias del 13S fue la de responder calle con calle, pero ya hace mucho que este gobierno, a pesar de ser peronista y el más poderoso desde 1983 a la fecha, no puede disputar con su presencia las calles.

Entonces, decidió descalificar las protestas despreciando a la clase media por individualista, frívola, gorila, etc. Pero en el caso de los kirchneristas, a diferencia del viejo peronismo de Perón, es imposible determinar desde qué sector social se referencian para criticar a la clase media. Lo que sí, todo parece indicar que hablan desde alguna posición social más arriba, no más abajo de esa tan denostada clase.

Aunque la ideología K mencione filiaciones con las viejas gestas populares y muchos de sus referentes se sientan representantes directos de los más humildes, en eso no difieren de la vieja izquierda que se declaraba vanguardia del proletariado mientras la clase obrera real desconocía su existencia y reivindicaba al peronismo que esa izquierda despreciaba.

Es cierto que el kirchnerismo no es una minoría como aquellas viejas izquierdas, porque un 54% de votos hace apenas un año sigue siendo algo impresionante (como en su momento lo fue el 50% con que Menem obtuvo su reelección), pero cada día más el cristinismo parece esforzarse en congratularse como una minoría a pesar de conducir al partido mayoritario.

Encerrándose en su núcleo duro, alejando de su seno a la clase obrera organizada, despreciando a los dirigentes territoriales en los cuales se apoya. Cosas que no serían necesariamente cuestionables si lo que el gobierno buscara fuera reformar o cambiar por otras más modernas las viejas estructuras del peronismo, que con sus burocracias sindicales, sus caudillos conurbanos y sus patrones de estancia provinciales se adaptan a cualquier menemismo, a cualquier duhaldismo, a cualquier kirchnerismo, con la única finalidad de conservar sus poderes locales dentro del único gran movimiento que puede tolerar sus vicios consuetudinarios.

Sin embargo, la lucha del cristinismo contra ese peronismo ultraconservador no pasa por democratizarlo sino por intentar concentrar aún más, y en muchas menos manos, esas prácticas políticamente decadentes. Vale decir, el cristinismo no quiere cambiar los vicios del viejo peronismo, sino que quiere apropiarse de todos sus vicios para sí mismo.

Por eso se le hace muy difícil explicar que expresa lo nuevo, por más que se lo reivindique desde una ideología de izquierdas, que por otra parte, es tan vieja o más que ese viejo peronismo contra el cual dice posicionarse.

En síntesis, que las marchas del 13S y 8N son básicamente revueltas contra esas formas viejas que se disfrazan de nuevas, contra esas eternas prácticas políticas que siempre se venden como la contracara ideológica de la anterior para seguir haciendo lo mismo que las anteriores.
¿Pueden, entonces, si el kirchnerismo está imposibilitado de expresar lo nuevo, estas multitudes callejeras expresarlo? Sólo en parte, porque estas grandes masas saben qué es lo que critican pero no cómo se cambia y mucho menos quién podrá ponerse al frente.

Pero la lucha de los que se movilizan no es por eso -que se deberá librar en otros lugares- sino por imponer un nuevo clima de época frente al esclerosado clima oficialista, que no sólo no quiere cambiar nada sino que, a estas alturas, quizá ni aunque quisiera podría cambiar algo.

Como que se hubiera atado a una cadena de la que ya no puede encontrar la llave, que eso es el cepo cambiario, la dependencia energética, la corrupción estructural, la reelección indefinida, el avasallamiento institucional, en suma, las cosas que ayer buena parte de la sociedad argentina salió a repudiar.

Como que el gobierno intuyera que si deja de lado esas prácticas que lo alejan de la sociedad y de la realidad, perdería todo el poder que le queda. Que se ha cristalizado tanto que ya le es imposible cambiar ni aunque quisiera.

Por eso sus intelectuales, como Laclau, buscan ubicar en el pasado a todo lo que se les opone. Para que no se descubra que el pasado es el gobierno. Pero una cosa es ubicar allí a las “corporaciones” y otra es hacerlo con el pueblo movilizado en las calles con burdas y reaccionarias acusaciones gratuitas de golpismo a ciudadanos que sólo usan el derecho de hacerse oír.

La estratagema de golpear a los convocados criticando a los que desde las sombras tuiteras los convocan es también una patraña, porque acá lo importante no son los que movilizan sino los movilizados. Las tecnologías aportan nuevas formas de “comunicación” para llenar la plaza pública, pero no son las tecnologías las que la llenan sino las voluntades ciudadanas que quieren recuperar para sí los espacios públicos.

El gobierno dice que a esta movilización del 8N que expresa el pasado, la van a neutralizar con el 7D que expresa el futuro porque desde ese día se escucharán muchas más voces en los medios. Aunque lo que quiere con el 7D es lo contrario: que todas las voces queden concentradas en una sola voz: la suya.

Sin embargo, aunque tuviera éxito, el 8N acaba de demostrar que eso no le servirá de nada, porque la sociedad ya se moviliza y comunica con formas alternativas que la Ley de Medios, pensando sólo en el pasado, ni siquiera contempló en su articulado. Por lo que el gobierno podrá poseer todos los medios, pero no por eso logrará que lo escuchen más.

Ayer, todos juntos, en multitud, los que Laclau profetizó que van a morir, lo saludaron más vivos que nunca. Y parecían expresar mucho más lo nuevo que nace, que lo viejo que muere.

Fuente: Los Andes

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