Placer

Mi placer depende, en buena medida, de lo que hago y pienso.

Si miro cosas bellas y disfuto de este contacto, me siento presente, y esto en sí mismo ya me alegra y da placer.

La presencia me da placer. El estar aquí es placentero. El mero estar vivo, saberme y sentirme vivo, me alegra y da placer.

Si pienso en lo que todavía no superé, mis sentimientos tienden a ser de tristeza y frustración. Hay miedos y rabias, sentimientos de peligro inminente y difuso, que no superé todavía.

Lo que hago es ver lo que hay. Me escucho y me digo que no hay peligro. Me apoyo en la presencia amiga que me tranquiliza.

Puedo estar presente como estoy. Hay momentos en que viene una sensación primera de paz y sosiego. La muerte no estaba en el horizonte.

Esta sensación es sin igual. En esos momentos, todo tiene una cualidad original. No hay nada que me separe de lo que está sucediendo.

Es como haber llegado o haber vuelto al primer tiempo. Esto puede perpetuarse o no, pero su mera ocurrencia me trae alegría y paz.

Y se alimenta en mí la posibilidad de que un día viva continuamente en ese estado de despreocupación al que vengo acercándome cuando miro cosas bellas.

Cuando me centro en lo que es la razón de mi vida. No es tan difícil. Veo que lo que me sucede es humano. No es una deficiencia ni un error. Es el proceso de la vida.

La resignificación de lo vivido. Resiliencia. Le pasa a muchas personas alrededor. Mis años de experiencia en las rondas de Terapia Comunitaria Integrativa me mantienen en contacto con esta sensación de ser humano. Simplemente humano.

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