Palabreando

El día empezaba, propiamente, en el instante en que ponía la primera palabra en la hoja. Había visto el cielo, orado, de maneras diversas, como siempre, recordado algunas cosas del día de ayer. Cuál sería el rumbo del día, hoy? Para dónde irían las horas de este sábado que había empezado con el canto de los pájaros marcando el fin de la noche, y la claridad en el cielo, donde de a poco las nubes se habían ido disipando? Había poca luz en el computador pero si se levantaba para cambiarlo de posición, perdería la inspiración, pensaba.

Tendría que cambiar de estilo de escribir? Por qué tendría que hacerlo? No es que, de hecho, uno va cambiando constantemente, sin perder, sin embargo, aquel estilo mosaiqueano que a Dom Fragoso le llamara la atención? De algún modo, en Saramago y en Ray Bradbury percibía grandes semejanzas, una especie de tentativa de ir cosiendo niveles de realidad, ese complejo y contínuo fluir de la existencia, en una trama narrativa. Gudiño Kieffer, Max Weber. José Comblin. Ramón Muñoz Soler. Alfred Schutz.

Quién sabe no fuera esa la ciencia de escribir que venía tratando de dominar, de perfeccionar. Ir reuniendo en cada palabra, en cada frase, en cada relato, aquello que se presenta en la vivencia, interna y externa, eternamente.

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