Escribir libera

He adquirido el hábito de llegar hasta la página a compartir algunas cosas. Esto me permite ir aireando mi mundo interior. La vida deja de serme ajena. Es más mía a cada palabra que pongo en la hoja. Por supuesto que esto sucede solamente si me leo. No basta escribir. Es necesario leer lo que escribimos.

Ser como si dijéramos un interlocutor o interlocutora privilegiado/a. La vida va pasando de a poquito o de repente. Las anotaciones permiten ir captando los matices, los detalles pequeños. La versión auténtica. Lo vivido. En la medida en que vamos registrando la sucesión de vivencias, nos apropiamos de ellas.

No solamente las vivimos, sino que las hacemos nuestras. Esto impide la deterioración de la memoria, al mismo tiempo que nos adentra en lo eterno. La vida es ininterrupta, como dice Jorge Luis Borges en su poema “Arte poética”: un Heráclito incesante. Este transcurrir se detiene, se incorpora, nos unimos a él, al escribir y leer lo que escribimos.

Es muy sencillo. Estas cosas, estas sensaciones, remiten al tiempo anterior. En mi caso particilar, me recuerdan el tiempo antes de mi nacimiento. Esto lo he ido recuperando a fuerza de insistencia. Ejercitando. Mi vida, que llegó a parecerme discontínua, rota o quebrada, está unida ahora.

La he ido cosiendo a fuerza de idas y venidas por los recovecos de la memoria. La literatura y la pintura son aliados fundamentales en esta tarea unificadora. La escucha atenta de uno mismo/a.

Rehacer la amistad con nosotros mismos/as. Querernos, tratarnos bien. Amar nuestras cualidades. Saber que no somos perfectos/as. El trayecto entero se junta aquí y ahora.

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