El 12 de febrero de 1984 dejaba este mundo nuestro amigo, el poeta Julio Cortázar. Son pocos los que hoy lo recuerdan, incluidos aquellos que aprendieron a escribir leyendo sus cuentos y sus novelas.
Es profunda, sin embargo, la huella que ha dejado entre nosotros. Sabemos, aunque no lo digamos, que nuestra vida es el salto por las casillas de la rayuela, como cuando éramos niños, en la tentativa de alcanzar el Cielo. Hay noticias de que ese Cielo no nos lo van a alcanzar los políticos, sino que nosotros mismos lo buscaremos, y habrá que empezar dentro de nosotros mismos.
Sabemos también que entre la gente que nos rodea, y especialmente entre los intelectuales, hallaremos distintos grupos, que poco se aproximan: unos son los cronopios, siempre un tanto distraídos del quehacer inmediato, que parecen medir el tiempo por las hojas del alcaucil en su permanente afán de llegar al centro; otros son los famas, que todo lo saben y lo controlan en nombre de una supuesta legalidad, y suelen ser muy adversos al cronopio y a su forma de pensar. (Están también las esperanzas, especie amiga que ayuda al cronopio).
Larga sería la cuenta de todas las verdades cronopias que tenemos incorporadas. Lo importante es releer y profundizar la espléndida obra que Julio Cortázar nos dejó. Lo recordamos, con su creatividad y su humor siempre vivos, en este cálido febrero sudamericano.
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La foto de Julio Cortázar es inédita, y fue tomada por mi discípula Alicia Chibán, París, 1978. En el dorso se lee: “Julio, dedicándote el libro que en este momento navega hacia Argentina. Ya llegará. París, 1978.”
