El aprendizaje de vivir

He escrito tanto sobre la Terapia Comunitaria Integrativa, que puedo decir que en este ejercicio he ido reconstruyendo mi propia vida. El relato de mis experiencias en este espacio de acogimiento, afectos, palabra y vínculos me ha ido permitiendo ver cuánto se puede aprender en el contacto con personas que están en busca de sí mismas.

Sigo descubriendo más motivos para continuar en esta actividad. El tempo pasa y vamos notando que se va compactando. La reunión de lo vivido en el presente convierte cada momento en una experiencia nueva. Dejamos de repetir tanto. Las disociaciones se van disolviendo. Los papeles nos van encontrando más enteros, enteras.

Podemos descubrir que hay un lugar para nosotros mismos en el mundo. Estas constataciones simples y concretas cambian por completo el sentido del vivir. En vez de vivir a la defensiva, podemos habitar el instante de manera más tranquila.

Descubrimos recursos interiores que se intercambian en las rondas de TCI. Esto crea un clima de pertenecimiento. No es necesario pensar igual que los demás. Basta bajar la guardia por un momento, y ver que es más lo que tenemos en común, que lo que nos separa. La clave es ver.

Escuchar de tal manera que podamos ver lo que las personas dicen. Ver en vez de juzgar. Cuando veo, siento. Si siento, algo de la otra persona repercutió en mí. La palabra poética suelta el mundo, lo junta, lo reúne. Muestra la realidad de las cosas. No necesito vivir en la red de la TCI como otras personas lo hacen. Tengo mi lugar proprio, que se renueva a cada encuentro.

Escribir me muestra constantemente que este ejercicio se confunde con la propia vida. Me doy cuenta de que escribir sobre la TCI ha ido devolviéndome un sentimiento de novedad. Se abre un espacio. Hay más lugar. En mí mismo y en el mundo. Si no escribo es como si todo se desvaneciera y yo también. Por eso sigo escribiendo. Para seguir respirando y sentir el piso que piso.

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