¿Yo o los papeles?

Hay veces que tengo la sensación de que me voy bajando. Voy saliendo de papeles que no son míos.

Esto me pasó ayer, en reunión con mis hijas e hijos, cuando me vi dejando algunas posturas que en algún tiempo creí que debería ejecutar o desempeñar en su presencia. Yo no necesito desempeñar ninguna postura frente a mi familia.

Ni siquiera tengo que desempeñar determinados papeles en relación a mí mismo. Esto me hizo bien, porque en medio de la jornada dominical de encuentro, en la que, somo es común entre jóvenes, la espontaneidad y la alegría, van fluyendo naturalmente, vi de repente que yo también estaba empezando a fluir como ellas y ellos.

No necesito estar serio o parecer serio y responsable. Tampoco es necesario que esté siempre tratando de temas importantes que, dicho sea de paso, en general son temas impuestos. Alguien, algo difuso o no tan difuso, establece qué es lo que es importante.

Cuando dejé de estar en esa postura que no es mía pero que se me había pegado, fué como si me hubiera empezado a alimentar de hecho de la presencia de quienes estaban allí conmigo. Hay un pasado que ya ha pasado. No necesito estar refiriéndome sin cesar a él.

Más vale me hace bien estar cada vez más focalizado en el presente. El presente era en ese momento, la reunión, las conversaciones que saltaban de un tema para el otro. El intercambio de opiniones y puntos de vista de manera horizontal y circular.

Esto es lo que, ahora veo, me repone más en mi propio lugar. La postura o la posición de dueño de la verdad, que todos repudiamos, sin que nos demos cuenta, se puede infiltrar en nuestra acción, en nuestro estar en el mundo, lo cual nos aparta de la gente y de nosotros mismos.

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