Tiempo de florecer

Una hoja en blanco es todo lo que necesito. Y el amor de ella. Son bien pocas cosas. Esenciales, sin embargo. Así es mi vida. Esencial. Concentrada. Centrada. Disfrutar.

Es el tiempo de disfrutar de la vida. Dejando de lado viejas ideas de bien o mal, correcto o equivocado. No es que se borren los límites de lo que es justo y deseable.

Al contrario, es que finalmente la luz se ve adentro. Sin intermediaciones. Directamente. Escucho las palabras que me vienen a la memoria. Yo puedo. Yo soy capaz. Me permito el placer.

Las obligaciones son inevitables. Pero aún las obligaciones las puedo hacer disfrutando. Sin sufrir. Sin cargar fardos. Un buen vinito. Amor. Poesía. Literatura. Amistades. Lo que le da sabor a la vida.

Basta de cargar el mundo en la espalda. El mundo anda por sí mismo. Yo soy parte del mundo, así como las demás personas y todos los seres vivos e inanimados. No necesito reventarme por nada.

Nadie creo que deba reventarse por ningún motivo. Nada justifica la autodestrucción. Nada. Apenas me toca conducir mi propia vida al rumbo deseado. Felicidad. Alegría. Paz. Vengo haciéndolo.

Identidad propia. Muchas veces hay que dar algunas patadas para poder afirmarnos. En la escucha atenta de la comunidad me reconozco y me rehago. Recupero una sensación de normalidad y paz.

Recibo afectos y elogios. Aprendo a aceptar y valorizar mis cualidades, que son muchas. No tengo tiempo para temer.

Cuando acepto mis cualidades y los elogios sinceros de quienes me dicen: qué linda voz, qué linda sonrisa, recuerdo mis tempos de estudiante. Y otros tempos también. Encantaba con mis cantos.

Y me encantaba con el canto de otra gente. Canciones guardan memorias. Animan la vida. Puedo ser dueño de mi tiempo, si sé que es todo lo que tengo. No tengo tiempo que perder.

No necesito pensar que tengo que agradar a alguien, como si la vida fuera una larga mendicancia emocional o existencial. No necesito hacer demasiada fuerza para ser aceptado o querido.

Basta saber que tengo un lugar que me he hecho yo mismo. Estoy lejos de ser infalible, y no creo que haya quien lo sea. Acepto mis errores como parte de mi humanidad.

Así acepto más fácilmente los errores ajenos. No ser perfecto implica estar en construcción permanente. Perdonarme por no ser perfecto.

Perdonarme por no ser quien alguien quiso que yo fuera. El salvador del mundo. ¿Ustedes pueden imaginar lo que sea eso? iSalvador del mundo, yo! Trato de salvarme a mí mismo, en todo caso.

Pero yo andar por ahí suponiendo que debería salvar al mundo, era locura. Nada que ver. Escribo como vivo, como soy. Fluyendo.

A veces también organizo lo que voy a decir, lo que quiero compartir. Entonces soy más claro y objetivo, aún sobre sentimientos y emociones.

Más frecuentemente, sin embargo, bajo como un río de montaña. Sé que ya no tengo mucho tiempo, cronólogicamente hablando. No puedo cambiar el destino que nos rige a todos y todas.

Puedo hacer, sí, que cuente cada instante. Eso es lo que estoy haciendo. Así todo tiene más sabor. No hay desperdicio. Y la vida, que se brinda generosamente, transborda.

Entonces me reconozco en un tiempo de paz, en medio de la tormenta. Aceptar el amor es regirme por la ley mayor. Es aprender constantemente.

Es lo que creo que me salvó de distintas situaciones de peligro que encontré en mi camino. Es no tener miedo o, aún teniendo miedo, seguir adelante sabiendo que hay una protección infinita amparándonos.

Nada me evita el trabajo constante de tener que seguir abriéndome a la vida. Como ayer. En mis tempos de juventud y adolescencia, y aún en los tempos que sucedieron a la dictadura que asoló a la Argentina, era eso mismo lo que me daba seguridad y confianza.

Había que abrirse paso a toda costa. Encontrar recursos para pasar de un día al otro, y salir de la oscuridad, el desánimo y la desesperanza.

Fué entonces que descubrí que basta una persona, basta una palabra. Una persona, una palabra. Un gesto. Una actitud. La diferencia entre la vida y la muerte es muy tenue.

No me refiero solamente a la muerte física, sino también a las otras muertes que nos asolan. Yo no voy a desistir no sólo por ser cabeza dura, sino sobre todo porque la desistencia no es camino.

Puedo ver que solamente el esfuerzo contínuo y persistente, y la apertura a personas a mi alrededor que me dieron su afecto, su apoyo, su solidaridad, su reconocimiento, es que estoy aquí.

Entero y confiante. No hay esa tal disociación que tantas veces escuchamos, entre yo y los/as demás. Yo soy uno con los/as demás. Juntos y juntas somos fuertes. Una fuerza invencible.

No es cuestión de multitudes, aunque la fuerza de las multitudes concientes y empoderadas es fascinante. Hay tiempos breves. Muchas veces es todo el tiempo que tenemos.

Una noche de guardia en un cuartel. Una mirada. Una atención a la persona que está más cerca. Puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Alguien puede estar necesitando una palabra de apoyo. Un gesto que le diga que no está solo o sola. Me tocó recibir muchos de estos gestos. Por eso estoy vivo.

Hubo quien pudo haberme hecho desaparecer y no lo hizo. Gente que no me conocía y me dió ayuda para conseguir trabajo cuando exilado. Yo no olvido.

Entonces sé que no soy el salvador del mundo. Soy alguien que sabe que somos invencibles si nos damos las manos. El desafío es contínuo. El tiempo es breve.

¿Quién puede decir lo que es el tiempo? Sólo sabemos que se va inexorablemente. Y la felicidad viene.

Llega una hora para recoger. Cosechar. Disfrutar. Miro el trayecto total de mi vida hasta aquí. Es ahora. Tiempo de florecer.

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