Personalmente. Precisamente. Poéticamente.

¿Qué mundo es este? ¿Dónde estoy? ¿Cuál es mi lugar en un sistema de cosas en el que la vida humana parece tener poco o ningún valor?

Estas son preguntas que nacen frente a hechos históricos. Acontecimientos en que vastos contingentes de personas se desvanecen en una especie de niebla.

El sistema económico-político y cultural absorbe de tal modo la existencia de tantos seres humanos, que las preguntas que enuncio arriba, tienen sentido.

La dictadura de Videla en Argentina puso sobre la mesa el hecho de que para mucha gente cualquier medio vale para alcanzar sus objetivos.

Para entregar el país al capital extranjero de una forma aún más desvergonzada, apelaban al anticomunismo y a la religión como justificativas para violar los derechos humanos, sociales y laborales.

El régimen ilegal, inconstitucional e ilegítimo actualmente en el poder en Brasil, reproduce un cuadro semejante. En esta coyuntura, la pandemia impone cuidados que ni el gobierno ni buena parte de la población (como en otros países del mundo) ponen en práctica.

La vida sin embargo sigue existiendo, a pesar de la situación adversa. Parece inclusive potenciada por el hecho mismo de estar amenazada de extinción.

Como ayer, como durante la dictadura de Videla, somos obligados y obligadas a acatar lo inaceptable. Nada, sin embargo, puede forzarme a actuar contra mi propia conciencia. No lo hice ayer ni lo hago hoy.

Aquí es donde me siento a gusto para desarrollar lo que en este preciso momento me mueve. La esfera de lo individual, lo personal, lo único y singular que constituye a una persona y la mantiene como algo diferente de los rebaños.

No es lo genérico, tan impuesto en las hablas, que hay veces que me pregunto qué diablos están diciendo. Usan palabras cuyo sentido desconocen, en lugares inapropiados, de modos inadecuados.

No hay una vida genérica sino individual. Es la persona quien vive y muere. Es la persona, por lo tanto, el bastión irreductible donde se frena la abominación.

No es el sistema, sino los valores que elegimos como deseables, quien define lo que somos. La conciencia tiene varias dimensiones que es necesario conocer y habitar.

La multiplicidad y diversidad de dimensiones que nos constituyen, son irreductibles a lo utilitario. La capacidad creativa, el ejercicio del arte, la poesía, son esferas sin las cuales nuestra humanidad se degrada y desvanece.

Mientras la barbarie prosiga afuera, puedo y debo ponerle barreras personales y comunitarias intransponibles. En medio de la situación actual, en cualquier situación, soy responsable por la manera que vivo.

La poesía es justamente el lugar y el modo de recuperación de lo más valioso que tenemos. La actitud personal, la manera propia de ser y de sentir.

La fuerza interior concreta y poderosa que me defiende de la despersonalización. Basta una palabra. Basta una persona.

Yo puedo ser esa palabra, esa persona. Yo puedo hacer la diferencia. Va a ser mejor para mí. Inevitablemente los rebaños tienen como destino el matadero. Puedo elegir la vida

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