Maria Zambrano: un pensamiento auroral

María Zambrano aparece hoy como la figura que con sus fueros propios corresponde a las encrucijadas del nuevo siglo que alcanza su primera década: Razón poética, pensamiento de la complejidad, emergencia de un logos femenino, transculturalismo, universalismo, serían las principales coordenadas de este nuevo momento de la historia y la cultura mundial.

Alrededor del pensamiento de María Zambrano pueden agruparse también otros subtemas como la singularidad de lo hispánico, el giro de la filosofía hacia la mística, el exilio y los exilios, Oriente/Occidente, Europa/América, la crisis de Occidente, el lugar del Arte, el lenguaje, historia y Profecía, la Mujer y la nueva humanidad.

Tal riqueza temática, aún imperfectamente enumerada, explica porqué la figura de María Zambrano brilla en una constelación de figuras que le son próximas o afines en el último medio siglo, con la fuerza de una potente y promisoria originalidad.

María Zambrano (1904-1991) es universal y a la vez insoslayablemente española. Pienso que su perfil propio y su singular trayectoria no pueden ser separados de la singularidad de España en el complejo occidental. Más aún, es a su condición de española y andaluza a la que, con vocación hermenéutica, quisiéramos atribuir su papel en la filosofía y la cultura de nuestro tiempo. Recordemos que España, nombrada como Sefarad en mapas medievales, fue centro de una fuerte conjunción Oriente-Occidente. Nunca plenamente incorporada a la Modernidad occidental, su destino excéntrico a Europa la convirtió en el siglo Veinte en teatro de una contienda entre hermanos que anticipó la Guerra Mundial. Fruto de esa contienda civil es el exilio de María, que signó su vida entre los años 39 y 84, es decir casi medio siglo de su larga trayectoria.

En María habría de darse la trágica conjunción de bandos, legalidades e ideas en lucha, y en su pensamiento habrían de aflorar dolorosamente crucificados los opuestos que tiñeron de sangre la tierra española antes de extenderse a toda la tierra y el siglo XX.

María se formó en la herencia humanista del libre pensamiento, y en la tradición filosófica española que acogió la fenomenología como un bien propio. Unamuno y Machado, Ortega y Zubiri, Séneca, Santa Teresa y San Juan de la Cruz, serían sus maestros, juntamente con Ibn Arabi, Miguel de Molinos y Louis Massignon.

Preguntándose, en su joven exilio, por la identidad de España, descubrió la ancestral transmodernidad que mantuvo a los suyos alejados del cartesianismo, el kantismo, la objetividad científica, la alienación técnica, el “progreso”. La España de los Siglos de Oro era la del conquistador fracasado, que supo que su triunfo no era mundano. (Lo entendió Cervantes, y antes de él los cronistas del Nuevo Mundo.)

María Zambrano halló los tesoros del alma hispánica en la moral estoica, la mística y la poesía. Juntamente con España descubría esa otra Hispania extendida más allá del Atlántico. Sus poetas y pensadores empatizaron con ella, le dieron lo mejor de sí, la confirmaron en su rumbo. Habló de Lezama Lima, claro está, pero también de Octavio Paz y de Cortázar, que la visitaron en su retiro de Suiza.

Asomaba con firmeza la defensa de la Razón Poética que ha sido, en cuanto Razón y en cuanto consciente defensa, patrimonio de la poesía euroatlántica a lo largo de los siglos. Pensamiento y poesía en la vida española fue una de las primeras formulaciones del tema. Lo vemos en el capítulo titulado “Conocimiento poético”, donde ubica el esfuerzo metódico racional, convertido en sistema, a gran distancia del conocimiento experiencial, auroral, del hombre contemplativo. En el centro de ambos extremos coloca María Zambrano el conocimiento poético, que sería el gran hallazgo del clasicismo heleno-cristiano-latino, y la herencia del pueblo español. El hombre del filosofar sistemático  – subraya María –  ha perdido el impulso inicial de la cultura, su entronque espiritual con el ser.

Engendrar en los ínferos y dar a luz en la conciencia para elevarse a los lugares de creación donde ser, plenamente, sea posible. Empresa, dice su exégeta Chantal Maillard, femenina entre todas, puesto que se trata de dar a luz un cuerpo teórico: cuerpo especular. Sacar a luz intuiciones oscuras y certeras, y tornarlas comprensibles a la razón. Así María Zambrano habría enfrentado a la razón patriarcal, árida y logicista, desde una razón femenina, ardiente, vital: la razón poética.

Recordaré que apenas iniciada la colonización española emergen las defensas de la poesía de Balbuena, la poetisa peruana, Sor Juana Inés de la Cruz, el Lunarejo y muchos más que conforman hasta el presente una faceta ineludible de la identidad hispanoamericana, en consonancia con los grandes ingenios de los siglos de Oro de España, Cervantes, Góngora, Quevedo y Calderon. Ellos hicieron a uno y otro lado del océano el elogio de la Poesía, no como un mero género de las letras sino como un estilo de vida y una modalidad del humanismo.

En ellos se acrisolaba ese pensamiento trágico, barroco, pre-romántico, sostenedor de antinomias fuertes, y capaz de audaces amalgamas transculturales, y a la vez la consciente defensa del poetizar ante el avance de las luces racionalistas y progresistas de Europa.

María estaba destinada a desplegar esa riqueza cultural en un nuevo tramo, sintetizando la tragedia griega con el desnudamiento fenomenológico de una época final, autoconsciente, necesitada de curación, origen y conversión.

Tres temas se entrelazan con fuerza en su pensamiento: la identidad española, la razón poética y la formación de la persona.

Creo que la formación de la persona es, entre los temas mencionados, el que se hace central en María Zambrano. Haber enfocado la cuestión del ser del hombre como problema fundamental de la filosofía – como lo señala Agustín Andreu Rodrigo.-  es totalmente revolucionario en un tiempo de dispersión,  susticución del filosofar por el análisis filosófico, o prevalencia de la lógica formal.

Es en la tragedia donde halló María la formulación de un camino de la persona, que la conduce desde el error o hamartía al reconocimiento o anagnórisis. El filosofar se torna pues en un método de formación de la persona en función del reconocimiento de su destino ontológico.

La tragedia griega  – ejemplo de pensamiento poético irreductible –  el neoplatonismo, la docta ignorancia de Nicolás de Cusa y algunos filósofos modernos como Spinoza y Kierkegaard, otorgan al pensamiento de Zambrano una marca poiética, heurística, que hace lugar a la experiencia personal de lo inédito. La vía contemplativa señala el rumbo de un camino personal. El desafío es convertir la experiencia en método y describirlo mientras se lo recorre.

La razón-poética alcanza su forma específica en el discurso metafórico, su espacio propio en el conocimiento simbólico, su vía profunda en la contemplación.

No es comprensible una Razón Poética como mera extensión de la racionalidad, sino por el ejercicio de una intuición pasiva y activa, abierta a la función imaginante y acompañada por una reflexión siempre despierta. Su objetivo último es el desarrollo de lo humano esencial: conecta al filosofar y al poetizar con la formación de la persona humana. Por eso, pese a la importancia gnoseológica y cultural de la Razón Poética, estimo que el verdadero centro del pensamiento zambraniano se encuentra en la formación de la persona. La labor creadora de María Zambrano acompaña a la formación ética y religiosa del hombre, que al transformar su pensamiento se transforma a sí mismo y es capaz de transformar la sociedad.

El hombre es el ser destinado a la trascendencia o como dice Chantal Maillard es el ser que padece su trascendencia. Su vida es la verdadera obra de arte de todo ser humano. Al revitalizar la teoría de los arquetipos junguianos señala la filósofa que no se trata de un descubrimiento sino de un reconocimiento a través de la imagen. De la imagen al concepto, del concepto a la imagen es el doble rumbo  – negado por Wittgenstein –  que transita María Zambrano en coincidencia con Ricoeur. Al asentar de entrada la riqueza de la imagen entra de lleno en el campo simbólico, que el arte comparte con las religiones. Se abre al pensamiento oriental, sapiencial, intemporal, no analítico ni discursivo, que es propio del taoísmo, el sufismo, el hinduismo; pero María no se entrega del todo a la filosofía del Oriente, ni reniega del desafío racional. Sigue a Massignon, en una fusión totalmente universalista, católica de Oriente y Occidente.

Entre sus últimos libros dos se ubican claramente en esta línea simbolizante: Claros del bosque y De la aurora. Cadenas de imágenes se desenvuelven incesantemente: el corazón, la fuente, el verbo, la palabra perdida, el despertar, el velo, la aurora, la caverna, el laberinto. Mientras que para Ortega el ser es una creación intelectual de la filosofía griega, para su antigua alumna el ser aparece como centro último de la persona. En la línea de los místicos María devuelve al ser su carácter mistérico y oculto.

Zambrano se inclinaba por naturaleza y convicción a los lenguajes metafóricos, al mito en su inagotable ejemplaridad, al drama, al poema, es decir se hallaba situada, sin mengua de su vocación filosófica, en el campo ambiguamente llamado literario. Había redescubierto los géneros españoles de la confesión, la guía de pecadores, el itinerario del alma a Dios, géneros cuyo germen se halla en el Evangelio. Dialogaba con griegos, latinos, árabes, con las tradiciones locales. Su indagación del sueño y la vida contemplativa, donde aparecen profundas intuiciones de comprensión de la realidad, la guiaron a su insoslayable valoración del logos poético.

María Zambrano va transfigurando los saberes filosófico, ético, político, literario en un saber de salvación, un pensamiento auroral que se muestra incitante en el kairós del siglo XXI.

Ese pensamiento es capaz de reemplazar la historia de los hechos por una historia pneumática, intrahistórica, profética.

En el último tiempo sus discípulos y amigos así como otros estudiosos han calado hondo en la originalidad zambraniana; entre ellos me es grato mencionar a Jesús Moreno Sanz, Agustín Andreu Rodrigo, Juan Fernando Ortega Muñoz y Chantal Maillard.

La búsqueda del origen y el fundamento aparece con nitidez como centro del pensamiento de María Zambrano, más allá del campo de las ideas y de los límites propios de la filosofía. Su pensamiento se convierte en sapiencia al emerger de la experiencia viva y ser saboreada en la intimidad del alma.

Se señala el enfrentamiento sustancial de María Zambrano con el Estagirita, a quien nunca por otra parte dejó de lado. Frente a él y su cuantiosa, prepotente descendencia, María es la portadora del antiguo orfismo ligado a los misterios. Nueva Diótima, no retrocede ante ninguno de los desafíos del filosofar occidental, replanteando en cada caso la singular batalla de la Razón Poética, vital, sentiente, ampliada, renacida de sus cenizas, vuelta a crear desde el núcleo espermático del fundamento.

Andreu avizora la instauración de una teología trinitaria destinada a pulverizar el binarismo aristotélico, cartesiano o marxiano. Ella, María, es la predestinada al recogimiento y al silencio desde el cual pudo venir a restaurar lo silenciado, lo negado por los filósofos: Dios, el alma, la vida, el conocimiento unitivo, la femineidad, la pasividad, la transparencia.

En rigor, la Razón Poética de María Zambrano se convierte en preámbulo de la Razón Religiosa, puente de plata hacia la conversión, preparación del advenimiento del Reino.

La mujer, en este cuadro, no ha de venir a posesionarse de un lugar para desplazar al varón, en una carrera de competencias. Viene a traer los tesoros de su maternidad, que no es  – desde ya –  sólo biológica sino condición última de lo femenino, para la creación de una humanidad nueva. Para ella Antígona fue la prefiguración arquetípica de la Virgen María, que sobrepasa la justicia en la piedad y la misericordia.

Diótima, supuesta transmisora del orfismo al mismísimo Sócrates, según Platón, se convierte asimismo en emblema de un logos femenino (no feminista) que pugna largamente por emerger en la sociedad occidental, estructurada por varones.

Este pensamiento de la femineidad maternal y abarcadora se halla lejos de las consideraciones reivindicativas de género. Se trata en cambio de un pensamiento de síntesis que desplaza la hegemonía razonante por un pensar desde las entrañas, desde la voluntad, desde la entrega del ser a sus más altos fines. Como lo decía Buytendijk en su estudio sobre la mujer, esta aparece como corolario de la especie, en su aceptación del destino. En una palabra, creo que puede hablarse de una filosofía del Amor destinada a cambiar la historia desde sus bases, comenzando por la persona humana y continuando por la ineludible renovación de la comunidad.

Continuadora del pensamiento humanista, que se refugió en el campo de las letras, María halla en él un cauce en que se condensa y ejemplifica una enseñanza centrada en la realidad divina del hombre. Recordemos que el poeta cubano José Lezama Lima, tan amigo de María, habló también del hombre como potens, considerando que su efigie última es la de paridor de lo sagrado que habita en él.

La pensadora andaluza se asoma tempranamente a lo que llamó la forma sueño, reconociendo que en la vida humana se dan diversos modos de estar de la conciencia, despierta, adormecida o subyugada. Distinguió los sueños de la psique, entre ellos principalmente los sueños de deseo, y de obstáculo, de los sueños de la persona, también llamados sueños de despertar o de finalidad, que se relacionan con el cumplimiento del destino personal.

En el principio era el delirio. Dice María Zambrano que en el hombre arcaico surgió naturalmente el sentimiento de lo sagrado, hecho de terror y asombro. Las preguntas sobre el ser y el sentido vinieron después, a raíz de la constatación de la indigencia humana, y llevan por consiguiente un sello de tragicidad, tanto en el origen de la humanidad como en cada momento histórico en que se reiteran.

María, que partió del socialismo decimonónico heredado, y de la renovación fenomenológica, descubre el horizonte de una comunión de libertades. No estoy de acuerdo con su sabia exégeta Chantal Maillard en que pueda considerarse a María Zambrano, por su crítica del racionalismo y su revaloración del arte, como precursora del pensamiento posmoderno. Por el contrario pienso en ella como protagonista de la Kehre postulada en la célebre conferencia de Martín Heidegger (1949) y traducida como vuelta o torna del hombre hacia su ser esencial. Por mi parte adjudicaría a esa vuelta el valor de una auténtica conversión, tal como se presenta en la pensadora española. La razón poética, vía de la formación de la persona, sería el método propio de esta Kehre. Esto colocándonos más allá de las críticas que la propia Zambrano hace a Martin Heidegger.

Ante la desesperanza de los últimos pensadores de la cansada Europa, que han proclamado el triunfo de la técnica, el borramiento del sujeto, la pérdida del sentido, la irrupción del pensamiento débil, o las módicas ambiciones del confort, María Zambrano ha impulsado una corriente auroral, abierta a la conversión del hombre, a la aproximación definitiva sueño/realidad, fe/razón, acción/contemplación.

El nacimiento de la filosofía acompaña al descubrimiento de la conciencia individual. Zambrano admite con Nietzsche que el pensamiento occidental se fue alejando del origen y tornándose cada vez más conceptual. El autor del Origen de la tragedia fue el anunciador de un descenso al infierno, la entrada en una zona oscura que el Occidente debió transitar peligrosamente. El momento del dolor coincide con la anagnórisis. La oscuridad es también la posibilidad de la luz, y éste es el sentido que dieron a la angustia los filósofos del existencialismo.

Aparecían nuevos modos de presentarse el ser ante el hombre consciente y responsable. Se abrió un retorno al mito y a las raíces de la cultura, se cumplía la parábola del hijo pródigo.

El proceso de la formación de la persona, que tanto preocupó a María Zambrano, debía desembocar, obviamente, en la construcción de la sociedad. Como Ricoeur, con quien tiene mucho paralelismo, María se aboca al tema de la construcción de la polis. La historia personal se imbrica en la historia colectiva, donde se produce la enajenación de unos, el endiosamiento de otros, e ineludiblemente el sacrificio de las víctimas.

El hombre puede estar en la historia en forma pasiva o activa, conducirla hacia su mejor realización o padecerla como víctima. Asoma en María una intensa preocupación por España, por Europa y por la humanidad. La era cibernética, que hace de los hombres mudos testigos de lo que ocurre en todas partes, ha generado instrumentos potenciales  de humanización y solidaridad.

Para María Zambrano, como para Heidegger, el hombre es irrenunciablemente una conciencia histórica. Sin embargo ella va más allá: es el acceso al conocimiento poético el que, conectando a la conciencia con su fuente ontológica, puede permitirle echar luz sobre el acontecer del pasado, y proyectar el porvenir.

Por eso esos tres temas señalados se hallan inextricablemente unidos en María Zambrano. Ataca profundamente desde el pensamiento poético la instauración de máscaras e ídolos en la sociedad moderna. Participa del sentimiento trágico de la vida de que hablaba Unamuno, considera que ha llegado el fin de la sustitución de los dioses por ídolos, y en consecuencia el fin del sojuzgamiento de las víctimas.

El combate humanista de María Zambrano contra el cientismo y el racionalismo (que no son lo mismo que la Ciencia y la Razón) denuncia sus intrusiones en lo privado y en lo público, donde se sustituye el estar despierto del hombre creador por distintas formas de sumisión a reglas y presupuestos.

El racionalismo domina porque simula la legalidad. No proporciona sin embargo un genuino conocimiento de la realidad, sino que aspira a asentar el poder desde presupuestos dogmáticos. Es de lamentar  que esta mentalidad absolutista haya contaminado a muchos católicos, observa María Zambrano, dada la deshumanización de toda forma de dogmatismo. Las últimas encíclicas de Juan Pablo II , formado en el arte y la fenomenología,  apuntan justamente a una renovatio especialmente deseable en los distintos niveles de la educación y la vida universitaria.

Tan riesgosa es en suma la alienación por el orden científico como la alienación por el caos y la irracionalidad. En ambos casos se estaría desterrando, como lo hizo Platón de su ideal República, al ser auténticamente libre, y por libre responsable, capaz de realizar su esencia y de expresar esta aventura interior en términos de arte. No se trata del esteticismo posmoderno sino del arte como camino de formación y transformación. Por supuesto el pensamiento de Zambrano no limita a ese campo la creación de la persona, pero reconoce en toda persona el elemento creador.

Su método o camino es la recuperación del humanismo al que hemos denominado teándrico para diferenciarlo de otros humanismos ya sea teocéntricos o antrópicos. Un humanismo que conjuga razón y fe, ciencia y espiritualidad, desarrollo técnico y construcción de la comunidad. Y no puede negarse al pensar poetizante de Heidegger o a la razón poética de María Zambrano la vía privilegiada para conjugar estas polaridades.

Martín Heidegger hizo una profunda aproximación de la filosofía, a la mirada, la actitud y el lenguaje del poeta. Edith Stein asumió la vida contemplativa, pero supo dar cuento de ella como sabia fenomenóloga. María Zambrano dio pasos definitivos hacia el logos oscuro; como dice Jesús Moreno Sanz; lo asedió, lo reivindicó y lo apropió en un acto de decisiva transgresión al racionalismo, que no abjura totalmente de la razón.

A través de este movimiento  el poeta viene a ocupar su lugar, ese lugar que, como dijo Octavio Paz, le había sido negado en el festín de Esopo. Recordemos que el poeta mexicano en diálogo con Lévi-Strauss, uno de los genios de nuestro tiempo, le recordaba por los años sesenta que la analogía, vedette del pensamiento estructural, era el largo e irrenunciable patrimonio de los poetas, esos no invitados al festín de la modernidad tardía, la hipermodernidad, o la posmodernidad. Claramente veía Octavio Paz cómo los bienes y tesoros de su propia tradición eran resignificados y apropiados por otras tradiciones de sentido, otras maneras de ver y de pensar. El poeta venía a protagonizar un triunfo del vencido , que ve fructificar en antiguos adversarios los bienes de los que ha sido despojado.

De Píndaro a Virgilio, Dante, Garcilaso, Góngora, de Baudelaire y Rimbaud a los surrealistas, de Lezama y Marechal a Cortázar, el río del pensamiento poético ha venido creciendo en forma sostenida, vinculando saberes, creando una hermandad secreta de los pueblos, fortaleciendo la transculturación universal. Esa red sapiencial ha superado los límites de las disciplinas y aun de los idiomas, relacionando la escucha con el decir, lo humano y lo divino. Ya lo decía Hölderlin y así supo escucharlo Martin Heidegger: porque podemos oír unos de otros, y trasmitir la palabra de los dioses a los hombres.

Como mujer, como filósofa y como creadora, María Zambrano tuvo la oportunidad de fijar las últimas figuras en el tapiz. En ella brillan como las joyas de su manto, los poetas que amó y reconoció, así como aquellos que no llegó a conocer. Nuevamente quiero señalar en ese pensamiento la cuota contemplativa y mística, que conecta al hombre con su fuente sagrada sin impedirle el retorno a la razón reflexiva, especular, y recordar que esta vuelta sería trunca e imperfecta si no existiera su paso a la acción, que es diferente de la mera actividad.

María Zambrano propone una antropología cristiana renovada en la experiencia del desnudamiento, la contemplación y la acción, donde la persona se cumple como tal. Por eso emerge en ella una filosofía de la voluntad, que viene a desplegar lo más profundo del mensaje evangélico. Va hacia el Oriente u origen, tiende a cerrar el periplo de la razón occidental por una fusión de Oriente y Occidente.

En este despertar de la humanidad tiene su rol el poeta, exiliado de la sociedad burguesa, el absolutismo científico, el puro racionalismo  o  la vida mecanizada. Esta situación es proclamada por María Zambrano defensora de la identidad hispánica, de la formación de la persona y de la creación de una comunidad justa, en la que vuelve a ocupar su lugar la razón ardiente del poeta. Razón que revela lo real antes de construir nuevas formas en el tiempo o en el espacio. Razón de Narciso convidado por la oscura pradera, razón de Dafne tocada por el rayo de Apolo.

Fuente: Graciela Maturo. La poesía, un pensamiento auroral (pp. 23-30)

 

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