LOS LATINOAMERICANOS Y LA BUENA POBREZA, por Inés Riego de Moine

Hablar de la “buena pobreza” parece de suyo una contradicción en los términos, toda vez que la pobreza -la condición humana de ser pobre- aparece efectivamente como uno de los grandes males de nuestro tiempo, y por ende un disvalor social e histórico contra el cual es necesario luchar oponiendo políticas activas desde todos los frentes. Esto es así, refleja un consenso humano felizmente alcanzado, y está más allá de toda discusión. Sin embargo, existe una veta positiva y casi inexplorada de la pobreza que, sin anular su habitual connotación de pérdida o ausencia de bien, desnuda un rostro luminoso del universo personal cuyo valor reside precisamente en ser ausencia, fragilidad y virtualidad. Somos muchos los latinoamericanos que de alguna manera nos hemos habituado a convivir con la pobreza, bien o mal, de modo que esta compañera de ruta inesperada y no elegida se ha convertido en “alguien” digno de aprecio, o al menos de interpelación, muestra de la cual es que la sentamos a diario a nuestra mesa. Vamos entonces a encontrar los signos que nos conducen a ella, vamos a desentrañar la esencia de la “buena pobreza”.

Es mucho lo que nos une a los latinoamericanos a pesar de que la diversidad parece ser nuestro signo más notorio. Como ha escrito el filósofo peruano Alberto Wagner de Reyna, nos une “la lengua -español y portugués- que pese a matices de pronunciación, vocabulario y flexión, y zonas aisladas de idioma aborigen, tenemos en común con las antiguas metrópolis; los usos y tradiciones que subsisten bajo el barniz paneconómico de un way of life foráneo; la religiosidad popular (un catolicismo con concesiones a prácticas ancestrales) enraizado en la contra-reforma; la conciencia de pertenecer a una región del globo unida por sus orígenes culturales ibéricos y vernáculos” .

No cabe duda: lengua, tradición, religión y autoconciencia comportan los códigos comunes en que los latinoamericanos nos vinculamos en unidad, conformando una identidad más presentida que sabida en donde el buscar mismo nos une, pero a su vez donde la conciencia de las diferencias -de las buenas y de las que no lo son- se sigue escribiendo con las letras de la necesidad material y los sentimientos de impotencia y zozobra que ella genera. Si es así, ¿no deberíamos entonces añadir la pobreza a nuestro inventario de identidades?

Sobra decir que a lo largo de nuestra corta historia -corta en relación a la europea y a la de Oriente- hemos cobrado conciencia de lo que somos cuando el dolor, la miseria y la injusticia nos han obligado a pisar el suelo de los propios límites, en el nervio casi invisible del poder ser. Y, por lo general, ha sido la com-pasión -el sentir con el otro, con el hermano- lo que nos ha urgido a cuestionar y buscar respuestas sobre nuestro origen, identidad o destino común. En tal sentido, sabemos que todas las diferencias hacen a la identidad, convergen en ella, pero la realidad diferencial más palpable en toda Latinoamérica sigue siendo el vergonzoso hiato entre los que tienen demasiado y los que tienen demasiado poco, diferencia que lamentablemente no sólo se cumple en nuestra tierra. Valga un ejemplo del continente negro. En 2005, el poderoso G-8, alertado por la realidad africana cuyas letales políticas económicas la llevaron a una situación insostenible, conformó un equipo encargado de un proyecto que titularon “Hacer que la pobreza se convierta en algo del pasado”, título en verdad alentador, al menos en el plano discursivo. Pero desde aquella instancia, ¿podremos tener fe en que los ricos estados petroleros de la región salvarán algún día al África, tal como se propone el G-8? Hasta ahora nada de eso se ha visto. ¿Qué tipo de racionalidad será ésta que hace del África sub-sahariana el lugar más pobre del planeta y al mismo tiempo el más rentable para las inversiones extranjeras directas en cualquier región del mundo? ¿Habremos de confiar en que finalmente la lógica humana se imponga sobre este tipo de lógica económica inhumana y sobre la misma depauperada condición de las personas?

El caso también sirve para retratarnos porque según uno de los últimos informes del PNUD (Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo) para América Latina y el Caribe las tasas de pobreza vienen aumentando desde hace tres décadas y sigue siendo cada vez más alarmante la relación desigualdad-pobreza, a pesar de que en 2007 y 2008 algunos índices parecen revertirse lentamente. Y aunque la nuestra sea la más rica de todas las regiones de países en vías de desarrollo, también es la que presenta la brecha más vergonzosa entre ricos y pobres. Pero, escuchen bien, lo que más preocupa al PNUD es que estas divisiones puedan ser ‘fuentes de inestabilidad’ en la región, por lo cual será prioritaria su ayuda para ‘fortalecer la gobernabilidad democrática y la participación’. Fuera de toda ironía, ¿cómo se salva el ser humano si para las mismas políticas globales destinadas al desarrollo (¡humano!) el bienestar del hombre se mide en patrones de incidencia sobre la misma lógica económica -estable- que ilegitima las mejores condiciones de vida -casi siempre inestables- de las personas, de suyo lo más valioso y digno de este mundo?

Los números son elocuentes por sí mismos: 184 millones de latinoamericanos viven en la pobreza, de los cuales, 68 millones son indigentes; es decir un 34,1 % de la población total de América Latina y el Caribe es pobre y un 12,6 % es indigente (conforme al Informe 2008 del CEPAL titulado “Panorama Social de América Latina 2008 ”). Pero esto amerita hacer una clara distinción entre indigencia, miseria y pobreza, conceptos que manejamos habitualmente, máxime en las disciplinas sociales, pero que no siempre sabemos conceptualizar desde su raíz humana. La indigencia, en palabras de Wagner de Reyna, “es algo que se encuentra debajo del cero en el termómetro de la vida. Su valor es negativo; su existencia, un escándalo, un crimen social” . Pero mientras la indigencia puede ocultarse, disfrazarse o negarse, la miseria no, “pues la conmiseración implica que alguien la advierte; y esa persona ha de ser movida por un sentimiento de pena y solidaridad, lo que en sí es un valor positivo frente al valor negativo de la miseria misma” . En cambio, la pobreza, en sentido estricto, es sin duda estrechez económica pero no implica ausencia de lo necesario para el sustento humano; ella es “sólo limitación, limitación a los requerimientos vitales, una ausencia de lo superfluo y aún a veces de lo deseable. Esta pobreza específica lleva a la frugalidad, que constituye sin duda alguna un valor; es la austeridad, la moderación” .

La pregunta resulta inevitable: ¿acaso para el que la vive no es la pobreza un mal, aunque la suya no llegue al bajo cero de la indigencia? Todo depende del ojo humano, de la particular actitud que cada cual asuma frente a la misma y de cómo se haya preparado para ello, aunque reconociendo que el mundo de las actitudes y los valores son casi siempre emergentes de un contexto cultural dado. Pero más allá de esta inevitable subjetividad y relatividad de las cosas humanas, lo cierto es que podemos y debemos aceptar la buena pobreza, porque, bien entendida, la pobreza es un valor. No sólo es un verdadero valor porque ella se inscribe en la jerarquía axiológica de la tradición cristiana ensalzada por el mismo Jesucristo y extendida a todo Occidente, sino también por su costado encarnado: porque se necesita valor para vivir la pobreza, que constituye uno de los compañeros más fieles de la cotidianeidad de muchos hermanos latinoamericanos: valor para aceptarla, valor para luchar, valor para sucumbir, valor para mostrarse débil, valor para vivir la desposesión en alegría, lo cual no es poco valor.

Por algo, la vida entera del hombre puede mirarse desde la resistencia a mostrarse mísero, finito, desnudo, pobre, y éste ha sido y seguirá siendo uno de los primeros resortes de acción del ser humano. Ya en el relato del Génesis se cuenta que Adán, tras haber pecado, conoció su desnudez y se reconoció ‘pobre’. Acto seguido se escondió de Dios por temor a verse y que le vean desnudo. Ser pobres nos provoca una vergüenza similar a que nos vean desnudos: “¡Oh pobreza, pobreza! antes que confesarte preferimos pasar por bellacos, por duros de corazón, por falsos, por malos amigos y hasta por viles. Inventamos miserables embustes para rehusar lo que no podemos dar por carecer nosotros de ello” .

¿Por qué sentir vergüenza de ser pobres?, ¿es acaso el miedo de mostrar al otro la precariedad de nuestra vida?, ¿o es quizás la humillación profunda de la injusticia que expresa, lo que produce su repulsa? Como ya hemos dicho, sin dejar de reconocer y ponderar la injusticia global que la miseria encierra y lo eminentemente justo de la lucha contra ella, nuestra compañera pobreza -además de la enfermedad y de toda forma de fragilidad- viene a ser algo así como el sello más palpable de la finitud y la contingencia humanas, aquella debilidad que certifica nuestra indigencia más profunda: la de ser meros peregrinos en la patria terrena, siempre necesitados del otro para ser.

Pero a la vez, y si la aceptamos en su pureza y rigor, la pobreza puede transformarse en riqueza y fortaleza de personas y comunidades, porque añorando serlo todo y poseerlo todo, ella nos enseña que somos pura nada, no la nada del nihilista vaciado de Dios sino la pequeña nada sólo redimida por una mirada que nos ama, comenzando por Dios que nos amó primero y nos envió a su hijo para salvarnos: sólo el pobre mantiene su lámpara encendida a la espera de quien le tienda su mano amorosa y lo invite a su mesa. He aquí la sustancia de lo que hemos llamado la “buena pobreza”.

Por esto mismo y mirando a la humanidad que amaba, el místico e hispánico san Juan de la Cruz escribió estos célebres consejos que vale la pena no olvidar:

“Para venir a lo que no posees,
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres” .

Empapados de esta sabiduría, hay que aprender a ver también el otro rostro de la pobreza, su rostro bueno. Él nos enseña que la aparente decadencia y debilidad de los latinoamericanos frente a la omnipotencia de los imperios hastiados del norte -escenificada ante los ojos del mundo por la cruda realidad de la pobreza que agobia y ahoga- es en verdad la fortaleza y la esperanza que gesta la buena pobreza para transformarse en acciones y actitudes que seguirán personalizando nuestro identidad latinoamericana. Porque nuestro modo de ser, el de la América pobre, es el que construye en silencio quien sabe y puede…
– sabe relativizar las urgencias banales y efímeras frente a las exigencias absolutas y verdaderas,
– sabe vivir porque saborea del tiempo y de las cosas su lectura eterna,
– puede transformar el dolor de la miseria en sentido, y la desposesión en esperanza y disponibilidad para el hermano,
– puede encarnar el mandato del Padre eterno que llama a los pobres del mundo a construir su Reino, el Reino del pueblo de Dios.

“Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos” .

La autora es Doctora en Filosofía, Presidente del Instituto Emmanuel Mounier Argentina.

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