El miedo no desaparece, el dolor no se desvanece, pero pasan a coexistir con una fuerza mayor que los contiene, que activa la acción. Surge la confianza de la persona en sí misma.
Las confusiones que nos causan sufrimiento quedan en una perspectiva que nos permite verlas. Separar pasado y presente. No se cancela la vivencia traumática, las memorias de abandono o injusticia, pero podemos verlas como tales, como memorias.
La fuerza del amor, del afecto comunitario que incluye y provee un reflejo correcto de la totalidad de la persona. El juicio y la autocondena, la crítica y la censura, ceden lugar a la aceptación. Esta es la liberación. Empieza un tiempo nuevo.
La vida es un trayecto ascendente, superador. Depende en buena medida, esencialmente, del encuentro de la persona consigo misma. Sin esto, no hay más que repetición, enajenamiento, sufrimiento infinito.
Imagen: La familia célula fundamental en la sociedad
