La mirada del poeta

El poeta es sencillamente un tipo humano; acaso sea también todo el hombre, como lo postula una larga tradición. De hecho, el poeta muestra,desde su nacimiento, una especial disposición sensorial, intuitiva e intelectiva para el conocimiento de las realidades visibles e invisibles. La Antigüedad lo representaba, por ello, ciego.

A esa predisposición psicofísica, a veces acentuada de modo notable,el poeta responde accediendo a una vocación, aceptándola como destino.Partiendo de evidencias existenciales, que le muestran a un tiempo la insondabilidad y progresiva entrega del misterio real, el poeta se siente llamado a la receptividad y la donación de sentido. Despliega una atención sobre su entorno y su propia corporalidad, que le permite descubrir a un tiempo su yo y el mundo que lo rodea.

Su afectividad le permite ahondar experiencias sensitivas para las cuales se halla especialmente dotado, y reconocer su significatividad. Practica, espontáneamente, una epojé fenomenológica, relegando los juicios adquiridos sobre las cosas y aún la vigencia de la habitualidad de su yo; de modo análogo, al expresarse, intenta prescindir de la palabra dicha, la metáfora muerta, portadores de juicios o visiones cristalizadas.

Su experiencia comporta un doble avance, del conocimiento y del ser. En efecto, por el acto poético (aún anterior a la expresión por la palabra)se alcanza una concepción profunda del mundo y del hombre, se indaga el fundamento de la existencia, y se avanza en el sentido de una metánoia o transformación del sujeto en sujeto trascendente. Los mitos de las más diversas culturas han objetivado, narrado o mimado esa transformación, guardándola como un dato sapiencial y velado para los hombres de todos los tiempos. Ni la parodia ni el humor, ejercido por los poetas mismos, han logrado borrar esa condición del poeta, que se hizo plena y autoconsciente en el arte barroco.

Si el hombre puede ser definido como el ser que comprende, el poeta es aquel que contempla y crea para comprender. Su atención a la realidad pone en marcha todas sus facultades: sensibilidad, afectividad, memoria, fantasía creadora, intuición simbólica, intelección, reflexión.

Un mundo de formas y valores sensibles se ofrece a la mirada del poeta, esa mirada inaugural para la cual el mundo es siempre algo nuevo,un hoy virgen y bello, como decía Stéphane Mallarmé. Es necesaria la mirada inocente del niño para captar emocionalmente la significatividad de las formas y percibir a través de ellas su relacionamiento oculto.

Jean Wahl, al estudiar la raíz filosófica de la expresión poética1, se detiene en la consideración de las Elegías de Rainer María Rilke. Señala la fuerza de las imágenes que en la Primera Elegía remiten al acto de correr al aire libre, y en la Cuarta a los espacios de ilimitada amplitud.

Ellos se presentan como una salida a “lo Abierto” (das Offene), es decir al mundo de lo no-formado ni conceptualizado. Para Rilke el animal ve “lo Abierto”, en tanto que el hombre moderno se encuentra, como lo presenta la Cuarta Elegía, separado de los otros y de sí mismo. La poesía sería el regreso a ese estado originario y puro, donde todo es respiración, plenitud, hogar. La Octava Elegía es la expresión de esa unidad indivisible.

La tarea del poeta es por lo tanto, para decirlo con palabras del cubano Lezama Lima, “zurcir el espacio de la caída”. Hacer poesía no es sólo la movilización de una baraja lingüística, sino la construcción de una morada en el mundo. El descubrimiento de un destino humano.

Cabe atender en primer término al carácter gnoseológico de la experiencia sensitiva, que la habitualidad limita o convierte en mera rutina. Tal como lo expone Xavier Zubiri, la sensibilidad es fundante y no accesoria; los sentidos y la inteligencia trabajan al unísono en la instauración de un conocimiento cuya novedad y fuerza conocen especialmente los artistas.

Para designar esa etapa del conocimiento y el ser preferimos hablar de contemplación, retomando una categoría del pensamiento tradicional que tiene directa referencia al proceso espiritual. Existe también una contemplación ausente de imágenes, volcada a la ausencia interior. Pero el artista frecuenta la contemplación mediada por la imagen; otorga valor a la percepción y la reconoce por un proceso afectivo. M. Merleau- Ponty ha profundizado la riqueza de esta experiencia, otorgándole primacía en el arte. Sin embargo, no podríamos hablar del proceso creador sin reconocer la gradualidad imaginaria que, valiéndose de la memoria, reproduce la imagen en ausencia de estímulos externos, y la importancia de la invención, que prescindiendo ya totalmente de éstos, se lanza a una libre combinatoria de elementos. En su fase más alta, la imaginación creadora proyecta y objetiva sus imágenes en forma de visiones, como lo atestiguan William Blake, Percy Shelley, Jacobo Fijman y otros grandes poetas.

Contemplación y simbolización son para nosotros dos momentos casi indiscernibles que conectan la receptividad y la donación de sentido. De la recepción senso-perceptiva, que pone en marcha una receptividad de la inteligencia, se pasa a una postura activa, dadora de significación.

La conciencia poética plenifica las formas percibidas y, rebasándolas, las remite a su fuente de sentido. Convierte al objeto en un tú, lo inscribe en una trascendencia a cuyo diálogo accede; más aún, por acto de amor a la fuente descubierta, se convierte en ella.

En nuestra perspectiva, el acto poético remite a la experiencia mística, que fusiona al yo con su causa última. Su meta es la conversión del yo que conoce en yo trascendental. Así lo ha visto Novalis, revalidando lo afirmado por larga cadena de poetas. “La misión del poeta es apoderarse del sujeto trascendental.”

La mirada del poeta se convierte asimismo, como dice Félix Schwartzmann, en un “trasver”. Su funcionalidad no es sólo, a nuestro juicio, otorgar a las formas del mundo y de su propia corporalidad una significación relacionante o analógica, sino ascender a través de esas significaciones a niveles más plenos del conocer y del ser. Su mirada se amplía y perfora las apariencias de las cosas; abarca el mundo en su totalidad, y le es dado planear por encima de las limitaciones de tiempo y espacio, sobrepasando la propia finitud.

El acto del poetizar como forma de vida fue comprendido y predicado por la vasta familia del humanismo occidental, que vive un nuevo ciclo en América. Se trata de un estilo vital, filosófico y místico, antes que expresivo. Las “soledades” del poeta conforman una inmersión originaria en el mundo-de-la-vida, en lo no dicho y fundante de la experiencia.

El poeta, como lo ha visto en profundidad Martín Heidegger, es el primer lector de ese mundo de la vida. Al decir “poeta” abarcamos a todo artista, pues como decía Tristan Tzara, nadie puede dudar de que la pintura es también un modo del pensar.

En la imagen residen los primeros gérmenes de orientación y comprensión en el mundo. Tal convicción permitió al pensador y epistemólogo Gaston Bachelard la formulación de una fenomenología imaginaria conducida por los cuatro elementos básicos: tierra, agua, fuego, aire.Aquellos pueden agregarse la luz y las tinieblas, igualmente fundantes del conocimiento, y también los signos de la corporalidad, tan importantes en nuestro contacto con el mundo.

Sigue al acto contemplativo (y cabe recordar la común raíz de contemplare y templum) el acto de la simbolización, ahondamiento significativo de la imagen que le confiere o descubre en ella una proyección a otro plano.

Por el acto simbolizante la pura imagen sensoperceptiva viene a ser manifestación activa del misterio, inesperada conexión del mundo natural con el mundo sobrenatural. Lo particular y limitado pasa a significar en la dimensión de lo abarcador e ilimitado. El silencio es connatural a esta experiencia de conocimiento y de ser, a menudo ignorada por quienes teorizan sobre la poesía desde el nivel puramente lingüístico. La imagen creada, ya sea ésta plástica, propia de la danza, la pintura, la gestualidad, o musical, es la manifestación más inmediata, más próxima al silencio.

La palabra reúne en el logos poético imágenes propias de diversos órdenes; da cabida, también, a un proceso de “esclarecimiento” comprensivo. El verbo poético es mediador entre el silencio apretado de la contemplación y la comprensión mediada por el acto simbolizante, llevada por su propia plenitud significativa a la necesidad de la expresión, y la comunicación.

El poeta avanza un tanto en la zona de la claridad racional, prefiriendo siempre la penumbra, la adhesión afectiva a lo no proferido o proferible, la “confusión” afectivo-intuitiva que es escala profunda de conocimiento. Su palabra conserva ritmos y cadencias preverbales, próximos a esa pulsión corporal que genera la danza o el canto. Arrastra una suma de imágenes provenientes del caos generador, ese caos musical de que nos hablaba Leopoldo Marechal. Trabaja en la dirección de un proceso
simbolizante-desimbolizante, que genera un intenso dinamismo asociativo.

Su labor va del caos al cosmos, de la confusión primigenia al intento de dar y descubrir sentido. Pero su camino es siempre de ida y vuelta: añora la riqueza del caos originario y vuelve a él una y otra vez.

Por ello su palabra se aparta de la conceptualización racional, prefiriendo en unos casos la entrega al ritmo y a la música, y en otros o simultáneamente, la mostración de una carga imaginaria, casi irreductible.

La poesía es lenguaje en plenitud, bien se ha dicho, pero un lenguaje que se construye en ciertos casos contra el lenguaje, o a pesar de éste. Como dice Cortázar, el poeta anhela expresar la cosa misma, adherida al corazón.

El acto poético genera, en suma, un pensamiento genuino, imaginario, simbólico, que refluye en un lenguaje singular, grávido de significaciones imprecisas. Tiene asimismo otras implicancias, que no son sólo las del conocer sino las del ser. Una amplia tradición filosófica acerca estos planos, desde Parménides en adelante, pero es preciso admitir que ello es más consustancial al conocer poético que al conocer filosófico mismo, en razón de su carácter fundante.

El creador es quien primero advierte su transformación por la poesía. No es extraño que los poetas hayan corporizado a ésta como Sophia, Beatrice o Amarilys, otorgándole el valor de una Maga que transforma al hombre, no degradándolo en animal como Circe, sino levantándolo hacia el ángel. Marechal, siguiendo a los medievales, fusiona a Sophia- Intelecto de Amor con la figura de la Virgen.

Es necesario tener en cuenta esa transformación del poeta, representada por figuras alquímicas o de muy distintos modos. El método fenomenológico puede darnos asimismo un marco teórico para comprender esa transformación del sujeto habitual en sujeto fenomenológico, y de éste en sujeto trascendental. Al acceder al ciclo de la expresión (hablamos de una experiencia clímax, tipificando la experiencia poética) el poeta ha ampliado su mirada. Alguien mira por él y con él; alguien se expresa por su boca. Se justifica la clásica expresión profetés: quien deja hablar a otro.

Los antiguos vieron al poeta como maestro, y así lo ha retomado una tradición literaria no retórica ni formalista sino mística e iniciática, a la que continúan en cierto modo los artistas modernos. Tal conciencia de sí no ha impedido al artista mostrarse en forma irónica y humorística, contrastando su grandeza y miseria que es la del hombre todo. Pensemos en Charles Baudelaire y su poema Albatros, en Vicente Huidobro y su Altazor.

Nuestro tiempo ha visto desplegarse una amplia revalidación de la razón poética, en las obras de Heidegger, Ricoeur y María Zambrano, como en las de Octavio Paz, Cortázar y Lezama Lima. Tal revaloración permite y exige una reconsideración filosófica de las poéticas románticas y post-románticas. En medio del desastre histórico de la humanidad, los poetas han mantenido vigente la dignidad del hombre, y la posibilidad de una vida realmente humana.

En el decir de Hans-Georg Gadamer, “la experiencia de lo bello, y en particular de lo bello en el arte, es la evocación de un orden íntegro posible, dondequiera éste se encuentre”.

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