Unidad

fotoAhora es de tarde. Se escuchan las voces de los niños y niñas de la escuela vecina. Atrás, en el patio, el jacarandá y el ciruelo. El recuerdo de los damascos y del paraíso. Hay una especie de quietud. El tiempo detenido. Hoy pensaba que vivimos en varias esferas. La esfera de la vida cotidiana y del trato social, donde predominan las interacciones cara a cara, y en donde hay intercambio de afectos y también enfrentamientos.

Una esfera de trato con personas con las cuales no tenemos mucha relación, que es como que una especie de telón de fondo contra el cual ocurre nuestra vida diaria. En estas dos esferas está presente lo más tenue de la vida, la vida propiamente dicha, que es algo muy sutil, pero muy concreto.

Hay otra esfera, que es la de la belleza. Esta es la que unifica todo. Aquí es que el vivir encuentra consistencia. Uno puede descubrirse participando de esta esfera unificada o unitaria, cuando afloja un poco con el miedo y las preocupaciones, el prejuicio y, en general, el juzgar.

Cuando aflojamos un poco con las exigencias hacia nosotros y hacia los demás, entonces este mundo más sutil y unificado, el mundo poético, es como si nos envolviera por completo, o, aún más: es como si nosotros mismos fuéramos esa eternidad. Esa permanencia amorosa y tranquila donde no hay ni antes ni después. Todo es un presente continuo que comprende el pasado y el futuro.

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