Procesar el genocidio

No mirar hacia atrás, no es fácil. La dictadura nos dejó una tarea: la de procesar la traición que perpetraron las fuerzas armadas, la Iglesia Católica, los empresarios cómplices, la banca, el periodismo venal, los intelectuales corruptos, la amplia masa de gente que decía “algo habrán hecho” y “por algo será” cada vez que alguien era asesinado, secuestrado, torturado o desaparecido, en manos de los mercenarios pagados con el dinero de las mismas personas a quienes agredieron sin piedad. Ha quedado esa herencia, y es peligroso quedar preso a ese pasado aún impune, como es también peligroso darle la espalda pensando que ya pasó, que está tan lejos que ya no significa nada. No está tan lejos. No ha sido procesado, pues sus autores continúan en libertad, orgullosos de los crímenes que cometieron, diciendo que lo harían de nuevo.

Poner un carnicero como Videla en prisión domiciliar es una burla. Hay demasiada complicidad con el genocidio. Esto es alarmante. No sólo jueces comprados que demoran los procesos interminablemente, sino militares y eclesiásticos abiertamente comprometidos con la mayor traición que las clases dominantes perpetraron contra el pueblo de la nación argentina en toda su historia. Porque traición fue no sólo matar, secuestrar y desaparecer a la gente que le pagaba el sueldo a los militares asesinos, sino también tener que soportar las diversas agresiones que cometieron esos mismos mercenarios, cuando ya en democracia, siguieron amenazando a la sociedad cuando se empezaron a juzgar sus crímenes de lesa humanidad.

Si no se mira hacia la amplia base social de legitimidad, a los “valores” fascistas incrustados en el comportamiento, en las creencias y formas de sentir de los argentinos, aunque se juzgara y condenara al último genocida y sus pagadores, a los autores de la mayor atrocidad perpetrada por las clases dominantes contra el pueblo de la nación argentina, habrán quedado en pie las semillas para que todo se repita. Hay que combatir la intolerancia al diferente, la dificultad de aceptar al extranjero, al inmigrante, y esto no se hace con discursos altisonantes cada 24 de marzo, acusando a las clases dominantes, sino mirando a las clases dominadas con una perspectiva de reeducación, de reconstrucción y de fundamentación de una sociedad humana, plural y solidaria.

Hay que mirar hacia adelante sin dejar de procesar el pasado atroz que el genocidio nos legó, y cuyas semillas permanecen entre nosotros. No se construye un país nuevo sin justicia, pero sin un cambio fundamental en las orientaciones culturales y en los modos de vida de los argentinos, en dirección a nuevas formas de coexistencia social, habrán quedado intactas las raíces de lo que nunca más se debe repetir en nuestra historia.

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