Presencia

No es poca cosa estar aquí. Estar vivo. Entero. Una historia argentina florecida en Brasil.  Vivo en un mínimo que es esencial. Es todo lo que tengo. Lo que conseguí y alcancé. Unos trazos de luz y fuego. Una eternidad que conseguí preservar a lo largo del camino. No hay palabras para expresar lo que es esta unión de tiempos.

No he venido bajando, y no siento que baje cuando me junto con gente, sean familiares o amigos y amigas. Gente. Comunidad. Más bien siento que me voy abriendo y ganando confianza. Recuperando una seguridad que siempre fue mía. Yo puedo. Yo soy capaz. Yo alcancé.

Un día más. Lo celebro. En esta convivencia que vengo recuperando, mi vida va volviendo a ser lo que era, mejorada. Dejo de suponer que debería hacer esto o lo otro, decir algo o no decirlo, sentirme así o asá. Más bien me dejo fluir. Escucho con atención, cosa que es muy mía, desde siempre. Y me siento necesario para las demás personas, tanto como las necesito.

Voy habitando nuevamente el mundo vivido. Un lugar que ya fue mío de distintas maneras, y lo sigue siendo. De muchas maneras. Como un libro encuadernado, juntando lo mejor de las ediciones o capítulos anteriores. Entonces ya no hay tantas proyecciones o programas. Es más bien un juntarme. Juntar y juntarme.

Por eso la poesía y la literatura. La pintura y el canto. Las caminatas y paseos. Las compras y las charlas. El estudio y la oración. Lo que es humano se revela otra vez como una aventura. Un descubrimiento, o muchos. Un ir abriéndose. Un ir llegando. Una luz que vuelve a brotar de en medio de la oscuridad.

Foto: Mar de Manaíra, en João Pessoa, Paraíba, Brasil.

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