Poesía, conocimiento y autotransformación

poesía“Los poemas son actos muertos en la vida de un creador”, decía Paul Valéry y, en efecto, si atendemos al poema en cuanto estructura lingüística fijada por la escritura, podemos admitir que es así, en tanto esa estructura no sea reactualizada o llevada a su vigencia interna por un lector. El poema como mediación, actualiza en el acto de la lectura creadora el poetizar del autor, aunque nunca será el mismo.

No todo lector será capaz de una plena reactualización creadora. Una lectura literal se muestra incapaz de revivir los módulos de intuición, emoción e intelectualidad constitutivos del poema como instancia viva del espíritu, y por lo tanto no podrá crear ese campo de comunicación entre las almas a que se refiere Charles du Bos en su brillante ensayo sobre la poesía.

Conviene a nuestro análisis, en consecuencia, discriminar en la poesía -aunque artificiosamente- dos fases de hecho casi indiscernibles en su raíz. En primer término hablaremos de la poesía interior, ubicada en esa zona del espíritu en que se produce la apertura hacia la realidad, zona de plenitud significante y al mismo tiempo intransferible cuya inmediata correlación, si hemos de atender al testimonio de poetas y místicos, es el silencio. Qué actividad del logos busca la traducción de ese grávido silencio a términos a medias inteligibles, qué misteriosa alquimia extrae del sustrato preverbal la imagen o la palabra que lo hagan en alguna medida comunicable, es algo casi imposible de esclarecer. El lenguaje, casi inseparable de la actividad psíquica, es y no es su portador total. No es posible negar que en tal sustrato prevalece la vivencia intuitiva como vía del conocimiento y oculto motor de la actividad poética.

En la raíz de toda poesía se produce en mayor o menor grado el encuentro de la conciencia con la sustancia intuible de la realidad, esa que Martin Buber llama la tercera esfera. Ante ese estado del conocimiento suele responder el hombre mediante la creación de formas o gestos a los que consideramos arte. La imagen, la palabra poética, la gestualidad, son anteriores a la elaboración del concepto.

En nuestro criterio esa reintegración profunda a la totalidad que vive el artista contemplativo –ya sea que se la viva como plenitud o como vacío- es en sí misma de orden místico y no puede decirse que su necesaria correspondencia sea la palabra. Krishnamurti habla de una plenitud que es al mismo tiempo “un vaciamiento de la conciencia”; Simone Weil llama “transparencia” al estado de receptividad en que la conciencia se torna capaz de leer simplemente en el mundo y en el fondo de sí misma.

Se trata a mí entender de la experiencia profunda que han vivido desde siempre los auténticos poetas, como punto de arranque del complejo proceso que preside la gestación del poema. Se produce cierto descondicionamiento de la conciencia que implica una ruptura con el pensamiento lógico (y de allí, en la esfera expresiva, con el lenguaje organizado), y un hiato en el decurso de lo temporal y espacial. Esta experiencia asume, al ser repetida, un valor transformante y ascensional que ha sido señalado en el último siglo por poetas y filósofos de la talla de Martin Heidegger, René Char, Gaston Bachelard, María Zambrano, José Lezama Lima, Murena, Cortázar.

Si la mística es una experiencia de absoluto, por la que el hombre entra en la zona de su interioridad y acoge la presencia del Ser, la actividad poética, que se funda en aquella, es una experiencia relativizada, “humanizada”, por la cual una vivencia profunda y en esencia intransferible se encarna en palabra, se hace diálogo tendido a otros hombres. Esto no significa negar a la poesía otras motivaciones afectivas, históricas, etc. Tratamos de apresar aquello que le es más propio y originario.

Cuando algunos místicos de Oriente y Occidente, aún sin la menor voluntad artística, han querido testimoniar y comunicar sus experiencias, han recurrido al lenguaje analógico, organizado en torno a imágenes y metáforas que pueden ser percibidas en forma sensible. Conscientemente o no, hacen de esas imágenes las cifras de un sistema de correspondencias entre las diferentes órdenes del universo, recuperando de manera espontánea la concepción de antiguos sistemas de conocimiento, por ejemplo la gnosis. Al respecto afirma Elémire Zolla: “Para los antiguos el mundo estaba tejido de hilos o cadenas que enlazaban en varios órdenes de analogía o simpatía recíproca los elementos más dispares, y las metáforas eran por lo tanto rigurosamente deducidas y no libradas al arbitrio, aún cuando la deducción podría llegar fulmíneamente, en el transporte feliz de la inspiración poética”.

Así pues, las realidades internas, no representables, son designadas, y no puede ser de otro modo, por otros eslabones, representables, sensibles, de la total realidad. Es interesante recordar que este mecanismo expresivo, de aplicación natural en la creación artística, se halla asimismo en la base de la creación lingüística. Si tomamos como ejemplo el concepto de alma en las lenguas indo-europeas, nos hallamos con un árbol ramificado y fecundo de significaciones cuya base concreta la proporciona el aire y el acto de la respiración. Igual ocurre con otros conceptos fundamentales que atañen a la vida del espíritu y a la interioridad significativa del mundo, hecho que otorga a ese gran tronco lingüístico un fundamento espiritual y poético.

Pero la poesía va más allá de la lengua, o mejor dicho, la reifica y descubre en lo que tiene de más sustancial y significativo. Como si no bastara la individualidad de la palabra, sin embargo, la totalidad de la expresión poética -y me refiero especialmente a la unidad morfológica y semántica que constituye el poema- se articula rítmica y musicalmente creando por la sola presencia de esos elementos musicales un temple anímico que unifica los valores conceptuales, sensoriales y emocionales de la palabra misma. Todo ello hace la sustancial complejidad y polivalencia de la expresión poética, fruto de la actividad consciente-inconsciente llevada al máximo de su conjunción creadora.

Más allá de la intencionalidad individual, esa expresión se hace portadora de los superiores y últimos fines de la especie, y permite sustentar una concepción metafísica como la elaborada por clásicos y románticos, por primitivos y doctos a lo largo de siglos.
Charles du Bos, continuando la concepción de los metafísicos ingleses del siglo XVII, y la visión romántica del siglo XIX, hace de la literatura (léase poesía) la manifestación del Verbo Divino. Para este estudioso de la poesía inglesa, el alma despierta por la emoción creadora, y se abre al reconocimiento fragmentario y ascensional de la verdad, enamorada de las formas bellas y a la vez urgida por manifestarse a través de formas de belleza. Estas formas, las más altas y sutiles, las constituyen la carne viviente de las palabras, mediadoras entre los estratos humano y divino al permitir que este último se haga sensible a los hombres. Individual y genérica, histórica y supra-histórica, la poesía asume pues valores revelatorios, éticos y activos. Como dice en otros códigos Martin Heidegger, por ella se acoge el hombre al fundamento de su “Realidad” de verdad.

Es pues la palabra un elemento de conocimiento para el hombre. Lo autorevela y le revela, a través de figuras de sentido indirecto, las significaciones últimas de lo real. Pero es asimismo un elemento de poder.

Bien lo supieron los antiguos, para los cuales la palabra fue instrumento mágico, terapéutico, desencadenante de oscuras potencias. Desde el Libro de los Muertos de los egipcios, muchas son las colecciones de fórmulas lingüísticas en las cuales la palabra actúa como un poderoso elemento de sugestión.

Nombrar es poseer, descifrar, penetrar en el corazón de la realidad. Los ritos tradicionales conservados por sectas y religiones se acompañan de palabras. Los mantras y oraciones de Oriente y Occidente son ejemplo de una doble utilización fónica y simpática.

El profesor rumano Matila Ghyka ha estudiado prolijamente la acción sugestiva de la onomatopeya, los ritmos, el timbre y color de las vocales, así como la sugestión dinámica y estructural del período sintáctico.

No cabe duda de que a sus valores cognoscitivos y mágicos liga la poesía profundamente el sentido del juego. De allí que las combinaciones, variaciones, repeticiones, inversiones, etc. que caracterizan a la expresión poética, lejos de constituir un agregado ocioso o frívolo, sean una característica íntimamente adscripta a la elocución poética.

La expresión del poeta surge buscándose a sí misma a través de juegos significantes. Ese juego desprende un goce, como todo juego, pero a la vez amplía los márgenes de sugestión y significación de la palabra.

Piénsese en los juegos verbales de Rabelais, Joyce, Jean Paul Fargue, en la profunda intencionalidad semántica de las palabras inventadas, fraguadas o rescatadas del olvido por Góngora, Lewis Carroll, Quéneau, distintos entre sí.

El más notable de estos juegos es la metáfora, que se apoya en el respaldo filosófico esotérico de la analogía. Todo objeto sensible o intuible adquiere la capacidad de ser aproximado y aún reemplazado por otros, próximos o alejados en la escala de la percepción habitual. El universo entero se muestra, pues, de naturaleza fluyente e intrínsecamente unitaria, al ser sus elementos intercambiables, como lo prueba el juego sorprendente de la metáfora.

Hay, sin embargo, niveles, jerarquías, cadenas de elementos que se corresponden con otros, como lo enseña la más remota tradición desde Pitágoras y Platón, pasando por los alejandrinos y los cabalistas medievales hasta llegar a Paracelso y Swedenborg. Es esta, como sabemos, la gran herencia poética redescubierta por el simbolismo.
Ciertas vertientes de la poesía contemporánea han pretendido ignorar las tradiciones, pero sus elementos reaparecen siempre, revitalizados por el trabajo profundo de los arquetipos, como lo ha señalado suficientemente Carl G. Jung.

Trecho del libro de la autora: La poesía, un pensamiento auroral, a ser publicado por la editorial Alción, de Córdoba, Argentina

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