Lirismo y revelación en la poesía de Carlos Penelas

Prólogo al libro de Carlos Penelas, Poesía Reunida (Buenos Aires, Dunken, 2012)

Leer estos poemas escogidos de Carlos Penelas es compartir una aventura existencial y poética, descubrir un itinerario espiritual, y vivir el rito de la palabra en uno de los mejores poetas argentinos de la generación del 70, y de toda época. La suya, hay que reconocerlo, es una generación más volcada al racionalismo discursivo y la expresión circunstancial que al recogimiento lírico, la ponderación del lenguaje, la expansión del espíritu.
Es una vasta producción poética, repartida en libros y plaquetas, la que ha sido recogida aquí, en admirable selección. El amor de Carlos Penelas por la edición de poesía se hizo visible en cuidadas plaquetas, ilustradas algunas por artistas reconocidos y otras acompañadas por sus finos dibujos, que lo inscriben en una tradición argentina, cultivada por Ricardo E. Molinari y ocasionalmente por otros poetas.

En el 2010 una Antología Personal puso a circular nuevamente su obra, en valiosa colecta a la que siguieron Calle de la Flor alta, en 2011 y ahora este florilegio reunido por nuevas exigencias. Penelas ha querido aplicar, sobre los poemas ya seleccionados y sobre otros, la aspiración a una cierta “pureza poética” desprendida de las circunstancias. No comentaré por ahora este criterio, que me parece respetable aunque no imprescindible. La poesía tiene muchos caminos, recoge las inquietudes vitales que se diversifican, legítimamente, en tonos y tópicos distintos. Sin embargo puedo admitir que en esa orquestación de la vida, hay una zona recóndita que organiza y da razón de ser a las demás. Acaso ha querido nuestro poeta aproximarnos a esa región de intimidad que dicta su expresión más depurada.

Ya lo sabía el joven autor que en el año 73 escribía su Poética:
Hay tanta vida / que se quema la voz / Más allá / la mirada creciendo por la sangre / como una parte del silencio / del amor o la muerte. / Más acá / en el sudor del cuerpo / con los labios de todos, / para todos, / la revolución. (Palabra en testimonio).

Y el autor, durante más de cuarenta años, sería constante en ambas direcciones: la de una soledad creciente, fiel a una vocación metafísica, y la de su militancia en el mundo, obediente a un mandato moral y sin renuncias.

El poeta está entero desde sus primeros versos, publicados en la década del 70. Sin embargo, Los dones furtivos (1980) representa una maduración importante en su devenir, continuada por títulos valiosos que abarcan esa década. Pero me atrevería a decir que la poesía más rica, espléndida y singular de Penelas surge en los años 90 con El corazón del bosque (1992), El mirador de Espenuca (1995), Guiomar (1996), Resurrección del alba y El manantial (1998), Voces, Elogio a la rosa de Berceo y Oda al Deshabitado (2002), El aire y la hierba (2004), Posada del río (2005), Romancero de la melancolía (2008), Viajero en una soledad (2009) y Calle de la flor alta (2011). En esta etapa Carlos Penelas alcanza una extraordinaria conciencia de sí, de su amplia gama expresiva, y sobre todo de su enriquecimiento espiritual que a mi ver adquiere una proyección metafísica y religiosa. Ya diré mis razones.

Podemos hablar en consecuencia, de lirismo, recordando una denominación ya poco usual, que hace varias décadas era utilizada por renombrados críticos de la prensa literaria para reconocer a ciertos poetas. ¿Qué es eso de tener “una vena lírica”? No estará de más recordar la historia del poetizar, inicialmente ligada a instrumentos musicales como la lira, la cítara, la zampoña. Cuando la poesía era canto se acompañaba con esos instrumentos, y el solo mentarlo hace referencia al carácter musical de la poesía en todo tiempo, aún en el presente, que ha acogido un poetizar desangelado y prosaico. Siempre el habla poética conserva, por serlo, algo de ritmo, cierta adhesión a módulos métricos de la lengua, cierta permanencia de la rima, que se introducen en los discursos más libres, menos atados a la versificación. Lo que olvidamos a menudo es que esta aceptada o involuntaria musicalidad, no nos remite solamente al origen histórico sino que lo hace con relación al origen en un sentido esencial.

El “temple de ánimo” – Stimmung, como dicen los alemanes- no es el mismo cuando alguien pronuncia un discurso racional en prosa (no hablo aquí del poema en prosa) que cuando escribe un poema con ciertas pautas rítmicas. Se ha pasado del estado habitual, regido por la inmediatez y la razón, a un estado anómalo de exaltación intuitiva e imaginativa que puede alcanzar a veces el grado de la videncia. Tal el estado poético, -el de los coribantes a quienes se refirió Platón- que no abunda entre nuestros contemporáneos. A ese estado en que prevalece la intuición sobre la razón, el sentir sobre el reflexionar, se dio en llamar poesía lírica, aun después de abandonarse el cultivo del soneto y de las formas clásicas anteriores.

Carlos Penelas es poeta lírico, y esto debería abreviarse diciendo simplemente que es un poeta, cuando otros apenas bordean esa condición. Un poeta que asume su propia lengua, con plena conciencia de sus alcances y significaciones. Y agregaré algo más: como hijo de españoles, y nada menos que de gallegos, tiene incorporada la tradición del canto y de la poesía, presente en los cancioneros que reconoce y elige como epígrafes y acompañamientos de su obra. Ciertamente el poeta se nutre de su experiencia, ineludible basamento del poetizar, pero el poeta culto, es decir cultivado y no informado, se asoma a los tesoros de su cultura, convirtiéndose en su transmisor consciente. Y ocurre que toda tradición poética es una escuela espiritual, tanto en Oriente como en Occidente. Pido disculpas por esta extensión didáctica, fruto sin duda de mi acostumbramiento a la cátedra, pues no era mi intención disertar sino, más humildemente, escuchar y comprender estas páginas de Carlos Penelas que desde la primera lectura, me han conmovido y deslumbrado.

He adelantado la significación que tiene el acto de asumir la lengua, en este caso el español, ya que no el gallego de los padres, que asoma algunas veces en el idioma poético de Penelas. Y ese castellano asumido por el poeta es la lengua en toda su gama histórica y semántica, desde el idioma de los argentinos, incluidos sus aspectos porteños y populares, hasta el depurado lenguaje de los clásicos españoles, y el habla musical de los cancioneros tanto gallegos como castellanos. Pongamos un par de ejemplos.
Un poema como Canillita, publicado en forma de plaquette en 1977, hace gala del mejor estilo porteño en un nivel barrial y tanguero:
Era de Avellaneda, de la mosca, malandrín de los chuenga. /Era rojo del alma, sin merienda / Con pelota de trapo empotreraba el día / de domingo a domingo, de vereda.

En otros momentos el lenguaje se amplía, y parece mirar desde las raíces:

Ahí están los reinos del exilio, las gaitas / los cruces del cenobio, la bizarra bondad / Aquí es furtiva la lengua / los hábitos dispersos del pastor transterrado / y una palabra extraña: mate / y una cultura que es pampa y caballo.

Penelas habla el español americano en su variante argentina, acaso la más despojada del énfasis peninsular en toda América; pero alcanza una natural continuidad con otros estratos de la lengua, y es fiel a su riqueza fónica y semántica, cuidando en todo momento sus matices. Su expresión transcurre fluyente con ritmos suavemente pautados, desgranando imágenes de la memoria, el afecto, la fantasía, el sueño.

Además, es un heredero del espíritu de los cancioneros, aún cuando no imite sus formas, antes transitadas por Enrique Banchs. Surgidos en el Medioevo, los cancioneros son la expresión más prístina del humanismo heleno-judeo-arábigo- cristiano , extendido entre los pueblos del Sur de Europa Los cancioneros, que exponen la filosofía del Amor, fueron sutilmente elaborados por poetas de corte, y difundidos por cantores populares en Sicilia , Toscana y Provenza, en la región de Galicia y Portugal, en Cataluña. El Rey Alfonso X, que escribió obras en su lengua castellana, prefirió para sus cantigas amorosas el galaico-portugués. En estos idiomas circulaban la copla, la cantiga, la canción de amigo, el rondel, la saudade, y luego las refinadas razones de amor, los breves tratados teológico-místicos que fueron los primeros sonetos.

Carlos Penelas, sin pretensiones eruditas pero guiado por su escucha a los poetas, y también por su formación filológica – aunque no cultivada de modo profesional – su pasión por la cultura y su admiración por maestros como Héctor Ciocchini, pulsa ese tesoro de sus ancestros galeses, que se liga a lo más preciado de la cultura poética occidental: las canciones de amigo, las canciones del rey Dionís, las cantigas; y también las casidas que, como Molinari, toma de otra tradición hispánica, la morisca.

La circularidad del poema, la frecuencia de endecasílabos y heptasílabos que otorgan especial musicalidad a la polimetría del verso, las imágenes vivamente enraizadas en la corporalidad terrena, la módica cuota reflexiva, son signos de un alma contemplativa asistida por el cuidado como diría Garcilaso, es decir el sentir, la imaginación y la reflexión. Mención aparte merecen los poemas en prosa contenidos en varios libros, entre ellos El manantial y Romancero de la melancolía; compuestos como fugas musicales, estos poemas alcanzan una incomparable riqueza rítmica y expresiva. Todo converge para presentarnos a un poeta pleno, que reconoce su propia palabra y se siente iluminado por ella. Un poeta que alcanza la transformación, justificadora del poetizar, y hace continuas referencias a su obra: Desde los dones furtivos, una aventura errante de la noche inconclusa…

Ama la tierra de sus padres, que parece congregar su significación en un nombre: Espenuca, y se presenta como un polo continuo de su rememorante pensar. Y ama también la tierra en que nació, la ciudad porteña siempre presente en su decir, con sus calles, sus plazas y sus ventanas. La plaza es una imagen predilecta en la poesía de Penelas: es un remanso entre la premura de las calles y los afanes del día, un lugar para la verticalidad, la rememoración, el encuentro consigo mismo, y también con los otros. El tiempo, cuyo latido acompaña siempre al poetizar, se remansa en esos espacios de luz, meditación y juego. Es el tiempo de la memoria, escogido por la afectividad; el tiempo presente, con grado de celebración; el tiempo del futuro, con su temblor interrogante. Cierta tendencia levemente elegíaca se muestra en algunos poemas evocativos de la infancia, en evocaciones de los padres. Sin embargo Penelas no llega a la angustia, aprendió de su madre la familiaridad con las voces y los difuntos, y conoce la intensidad del instante presente, que es el puente entre el tiempo y la eternidad.

Rocío, los hijos, los amigos, son presencias constantes que acompañan al poeta; los padres toman el lugar de mentores, iniciadores en la herencia espiritual. El yo poético es transparente, asumido sin enmascaramientos, y enhebra una serie de balances y enfoques autobiográficos. También aparece el tú, propio de la expresión lírica. Pero yo apostaría a la soledad como dimensión dominante en estas meditaciones del alma asomada a su total devenir, origen y destino.

Una subjetividad confesional, no anhelante sino sabia y serena, conmovida por la rememoración, la celebración y la esperanza, es el eje en que se van engarzando los poemas de los diversos libros, en el continuo avance de una introspección que no cesa. Penelas es un ejemplo del poeta que cumple con la vieja admonición: Conócete a ti mismo. Es un solitario que bucea en la propia interioridad, aunque no ha eludido la lucha en el mundo, el esfuerzo por una sociedad más justa, más humana. La crítica social aflora a veces, pero no es la prevaleciente en su poesía, y especialmente en esta selección, volcada hacia la ofrenda lírica.

Por otra parte, la mentalidad anarquista y díscola, que exalta a la revolución, parece aquietarse y agrandarse cuando Penelas visita los lugares en que nacieron sus padres, María Manuela y Manuel, cuya tutela adquiere un valor religioso en sus poemas. Ellos – que portan ambos el nombre de Emmanuel, el que lleva a Dios consigo – son los que dan sentido a la igrexa de los pueblitos gallegos, nimbados de una religiosidad inocente y campesina. También se accede en algún momento al tono de la plegaria: Stabat Mater (Finisterre). Veo acentuarse esta dimensión metafísica de Penelas en su continua referencia al silencio como esfera de sentido que acompaña y acoge a la palabra.

Como no podía dejar de producirse en esta dirección, la imagen sensible se presenta con su sobrecarga simbólica. El mar, el viento, las nubes, el agua, los árboles, la hierba, los elementos naturales integran un imaginario simbólico que va guiando al poeta hacia su transformación , al encuentro profundo con lo que llamaría su ipseidad, temiendo que esta expresión pueda ser vista como afectada por los poetas en quienes pienso al escribir. La ipseidad sería el núcleo último de la persona, ese centro que es percibido como inmortal cuando caen los aspectos contingentes del yo habitual o cotidiano. No he de nombrar a los filósofos que han acuñado este concepto (con equivalentes en otros códigos orientales y occidentales) ; me basta con aludir a él para visualizar ese estado iluminativo que el poeta expone en asertos y metáforas:

yo te sé inmortal como un gozo / yo te desato el sol desde mi pecho…(Pequeña carta a Emiliano)
mudable, secreto, abandonado / te abarco, criatura, en la resurrección de lo sagrado /Queremos ser ángeles. Y lo somos. (Resurrección del alba)

He descifrado el sueño que los dioses celtas me otorgaron / (…) transité ese sendero, toqué la casa, lloré en el bosque de rodillas / frente a una iglesia abandonada (El manantial)

¿Dónde está lo desconocido? Fuera de nosotros? (Posada del río)
las voces de los abuelos (…) bendicen mi corazón (Voces)
No intento crear la imagen de un Penelas obediente ni adicto a capilla alguna; el poeta alcanza la sabiduría a través de su propia palabra, ejercida con constancia y valentía. Y esa palabra lo ilumina, le muestra al Maestro Interior, el Dios de los místicos que mora en lo secreto del alma.

La luz, luz de los astros y luz interna, es signo de una ardiente vigilia, que se convierte en ensueño, estado de encantamiento, penumbra del sentir, el conocer y el no-saber. Su acordada sabiduría, su tensión hacia la totalidad, otorgan a la poesía de Penelas una cualidad metafísica que da sentido a la experiencia y la hace plena. Esto permite al lector, a nosotros, compartir una suerte de felicidad a la que llamamos belleza.

No puedo omitir que la belleza, para la Iglesia primitiva, es uno de los nombres de Dios, acepción que ha sido retomada por otro gran poeta nuestro, Leopoldo Marechal. Carlos Penelas, ácrata y libertario, no acepta dogma alguno (tampoco Marechal) y abomina de las instituciones. Pero, como heredero de la estirpe gallega, lleva consigo a Dios a modo de Verbo, Espíritu . Quiero decir que lo respira, lo vive en el entusiasmo creador -entheós- y lo proyecta en la palabra sin necesidad de soportes teológicos.
Una vez más se cumple esa encarnación del soplo sagrado en la palabra, que hace decir a Heidegger: El Ser se patentiza en el lenguaje. A mi entender, esto es aplicable a toda poesía que merezca tal nombre, más allá de la creencia del poeta, que también el ateísmo lo es.

Buenos Aires, 20 de abril de 2012.

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