
Julio Cortázar es una de las personas que más sigo admirando. No sólo por su obra escrita, que de hecho vine a conocer después de venirme a vivir a Brasil en 1977, sino también, muy especialmente, por sus actitudes frente al hecho de escribir y, aún más, la forma como se trata a sí mismo, su historia, su Argentina, que tienen mucho que ver con mi propia forma de ser y de vivir.
No me llegó tanto el Cortázar que se citaba en mis tiempos de estudiante del Liceo Agrícola y Enológico Domingo Faustino Sarmiento de la UNCuyo, en Mendoza, mi ciudad natal. Me llegó más el Cortázar que apareció en “La Nación” con su bello poema en prosa: “Después hay que llegar,” y que leí cuando vivía en Fortaleza. Ya había oído “Cortázar por él mismo”, un CD que mi hermano Leo me trajo a João Pessoa.
Y por supuesto, sus “Historias de Cronopios y de Famas,” de las cuales recuerdo especialmente “Manual de instrucciones.” Por la manera inédita de mostrarse en el acto simple de salir a la calle y ver el mundo. Esa inocencia o simplicidad, una naturalidad que aprecio y practico. Y sobre todo, una entrevista a la TVE en que me quedó claro que no le importaba para nada la fama o el prestigio. Era algo de él consigo mismo. Era él y una realidad que mi amigo Marcelo Nazar me ayudó a comprender.
La vida vivida a pleno en singular, sin caer en la derrota de quien vive para el reconocimiento. No sé si también lo llegó a buscar alguna vez. Tengo la sospecha de que puede haberlo alcanzado medio sin querer. Por haber conseguido ser fiel a sí mismo. Su amistad con Jorge Luis Borges me mostró otro trazo admirable. Gente que vive para una vocación. Un llamado. Una misión que tiene que ver con el hecho de vivir sin máscaras. Auténticamente.
Como mi padre, mi madre y mis hermanos Leo y Arturo. Como mi esposa María. Como la chica que atiende en el restaurante con una sonrisa. Y los trabajadores que trajeron la mudanza a la casa donde vivo ahora. Alegres y plenos. Una felicidad interior de hacer el bien. De alegrarle la vida a los demás. Como yo mismo hago también. Como mi amigo Martim Assueros Gomes, Gustavo Barreto, Alder Calado, tanta gente querida de la TCI y de los barrios.
El apoyo incondicional de mi familia fue crucial para mí, desde la salida de Mendoza, la entrada a territorio brasileño en 1977, el segundo año de la dictadura que asoló a la Argentina. No sólo por el apoyo incondicional en todos los aspectos, sino por haberme sentido yo amado y querido de una manera que hasta entonces no me había sido tan explícita. Arriesgaron la vida por mí. Perseguido por el régimen terrorista de Videla, pasé de alumno de sociología de la UNCuyo, a potencial candidato a la muerte anunciada. Nada atrayente.
Tuve la suerte, el apoyo de mi voluntad inquebrantable de no dejarme dominar por el miedo. En 1978, estuve por un tris de desaparecer, en el edificio de la polícia federal en Buenos Aires, adonde había ido a solicitar un pasaporte. Sentí peligro de muerte. Sin embargo, seguí adelante. No me iba a volver a São Paulo, donde vivía, con la duda. ¿Me estaban buscando? El uniformado me dijo que sí. Que había un pedido de informes a mi respecto. Me entregó el pasaporte después, sin embargo. Me dejó ir. Mi fe es fuerte. Sigue siendo. Sin fé no sería nada.
Tuve varios sustos parecidos. La carta donde la “intervención militar” en la UNCuyo me expulsaba por “subversivo” en junio de 1976. El terrorismo de estado y la represión ilegal eran moneda corriente en Argentina desde por lo menos 1955. Yo era un chico de 3 años cuando sentí el bombardeo a la multitud en Plaza de Mayo, a manos de la milicia golpista de los antiperonistas. Nunca olvidé esa sensación. La guerra no sucede en un lugar afuera. Se mete adentro de la gente. Ese miedo se metió adentro mío. Sólo lo detecté conscientemente hace relativamente poco tiempo.
Hubo otras violencias en mi infancia, que me costaría contar ahora. Prefiero saber que la anormalidad que me hizo defensivo, me hizo hacerme un defensor incondicional del cuidado integral de la vida humana, en cualquier situación. Mentira, falsedad, hipocresía, encubrimiento de lo inaceptable, son cosas que no soporto. Las huelo de lejos. No es que no caiga de vez en cuando en esas trampas. No soy un super-hombre. Ni tampoco una víctima. Sigo mi camino en un mundo donde la bajeza, la inmoralidad, la falta de valores superiores, están siempre al acecho.
Tuve que hacerme desconfiado. Sin dejar de confiar. Discernimiento. No voy con la manada. Trato de seguir mi propio camino. Un camino medio solitario por ahí, pero que me trajo y sigue trayéndome la satisfacción de no haberme traicionado a mí mismo. Después la sigo. O quien sabe ya está bien por ahora.
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Sociólogo, Terapeuta Comunitário, escritor. Vários dos meus livros estão disponíveis on line gratuitamente: https://consciencia.net/mis-libros-on-line-meus-livros/
