Tengo mi lugar. Mis lugares. Son un único lugar, de hecho. En todo caso, allá van. Escritor, poeta, pintor. Nada mal. Ahora que lo digo, no dejo de sentir satisfacción. Sosiego. Sensación de deber cumplido. Conciencia tranquila. No sólo porque son sueños realizados, y aún en realización, como aún más, por tratarse de cosas que me hacen bien y le hacen bien también a quienes entran en contacto. Esto lo digo porque es una manera de apartar sensaciones de extrañeza y exclusión, que suelen acompañarme. Ser parte y formar parte, es parte de mi trabajo. Mi tarea de inclusión social me incluye, obviamente. Y me hace feliz saber que la he cumplido y la sigo realizando, con eficiencia. Esto también es parte de lo que debo a mí mismo, y obtengo también de los demás: reconocimiento.
Esto lo he escrito días atrás. Hoy lo reafirmo. Inclusive con el aprendizaje que los días van propiciando. Ser parte de un movimiento, el movimiento de la Terapia Comunitaria Integrativa, junta todos mis movimientos en una única acción. Un único pertenecimiento, en el que se conjuga todo lo que soy. Mi historia pasada y la que voy construyendo ahora. Lo que voy experimentando diariamente, son hojas, palabras, líneas que van configurando mi llegada más plena a mí mismo. Hoy por ejemplo, me reí de algo que no llegué a retener en la memoria. Me reí, y punto. La risa abrió paso para la contemplación de la belleza. La contemplación de la belleza, en la figura de una persona muy querida, me trajo para un sentimiento de placer. En seguida salí a la calle, y encontré sonrisas, gentilezas.
Jugué con colores. Un pequeño cuadro, en el que fui cerrando lo que quiero dejar atrás. Los fantasmas. Este movimiento simple, en realidad un juego, me trajo sensaciones infantiles. La sensación de que voy cerrando lo que no es, o ya no es más, y habitando cada vez más lo real, lo que es, lo que está. Escribir, pintar, procesar mi estar aquí, son una sola cosa. Un movimiento unificado. Siento menos la presión de los papeles sociales, impuestos. Los cumplo, sin dejar de ser yo. Estoy en las reuniones sociales, sin obligarme a nada. Simplemente disfruto de la compañía de gente querida, y no son pocas personas. Sin obligarme a nada. Solamente disfrutando. Un privilegio de la edad. Me voy dando cuenta de que la edad es un privilegio, en realidad. Es como estar habitando algo nuevo, que sin embargo es familiar.
Inclusive participar de un movimiento social constructivo, incluyente, o inclusivo, como quiera que se pueda llegar a decir. En el cual soy el objeto central, por así decir. A ver si me explico. El objeto de la TCI, por lo que he llegado a comprender, es la recuperación de la persona. La reinserción del ser humano en sí mismo, en primer lugar, y simultáneamente, en las redes de vínculos afectivos positivos. No se trata de “cambiar el mundo,” sino de volver a ser. Recuperar la vida, la propia identidad, la sensación de plenitud, seguridad y pertenecimiento, sin las cuales el existir puede llegar a ser algo vacío o sin sentido. Redescubrir la comunidad, adentro de uno mismo, y alrededor, donde nunca dejó de existir. Y hacer el bien a quien nos encuentra, o nos lee, o se lee en nuestra vida.
Ilustración: “Flores”
(14-09-2025)

Sociólogo, Terapeuta Comunitário, escritor. Vários dos meus livros estão disponíveis on line gratuitamente: https://consciencia.net/mis-libros-on-line-meus-livros/
