Golpes y más golpes. A ver cuánto aguantamos

Ayer se difundió la noticia de que una joven fue víctima de un estupro colectivo en Río de Janeiro. Hoy todavía estamos bajo los efectos de esta abominación.

La impunidad y la desagregación, la pérdida de valores, se vienen extendiendo de manera alarmante, por todas las esferas de la existencia social.

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, está siendo apartada del gobierno para el cual fue elegida en elecciones limpias, por un golpe ejecutado por una cuadrilla de ladrones que tienen a su servicio la llamada gran prensa, el poder judicial, y la policía. La disolución, la pérdida de referencias, la ausencia de límites, la impunidad, son expresiones de un mismo estado.

La misoginia, la homofobia, el racismo, el odio a los pobres y a los indios, son todos aspectos de la misma cultura fascista que ahora se ensañó con esta joven.

Quienes tengan fe y familia, agárrense con fuerza, que lo que anda suelto no es nada bueno. No nos referimos a esas declaraciones vacías, aprendidas como loro, que tanta gente repite de la boca para afuera. Nos referimos a aquél valor substancial en el cual se apoya la vida, y del cual depende: el amor. Sin esto, no tenemos nada.

El golpe sigue su vergonzosa marcha. Los golpes que se suceden en el cotidiano de las personas y de los grupos y clases sociales, son señales y síntomas de lo mismo. La lucha es antigua y constante. Reforcémonos mutuamente, quienes aún sustentamos valores que van más allá del dinero y el poder.

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