Familiaridad

El sol ya se va yendo

Un día más va pasando

Y a esta hora de la tarde

Me vienen recuerdos de mi padre

Un poema que recitaba

El día y la hora en que el sol la cresta dora de los picos de los Andes.”

Ama tu ritmo, de Amado Nervo

Trecho de su poema “En paz”

“Poéticamente habita el hombre,” de Martin Heidegger

Poesía se respiraba en casa

¿Qué es esto? ¡Prodigio! ¡Mis manos florecen! Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen. Mi amante besóme las manos y en ellas brotan rosas, como estrellas” (Juana de Ibarbourou)

“Tabaré,” de Zorrilla de San Martín. Tagore. Omar Khayyam. Jorge Luis Borges, Julio Cortázar.

Graciela Maturo.

Mi primer poema lo escribí a los 8 años: “El manantial.”

Cuando yo tenía 3 años, ya sabía leer.

Me metí en la lectura y en los colores. Era y sigue siendo un lugar seguro.

Seguras vuelven a ser las veredas y las calles.

La convivencia, aún con sus trancos y barrancos.

Una familiaridad como la que fui volviendo a encontrar en João Pessoa, y aquí me quedé.

Positivar la vida. Positivar el estar aquí. Es lo que he venido haciendo y sigo haciendo.

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