Eternizando

Necesitaba de un lugar para mí. Un lugar donde pudiera estar. Ser yo. Simplemente estar y ser yo. Registrar el flujo de la vida. El estar aquí como una forma de ver la vida pasar. La vida que va pulsando en cada momento, en cada pequeña cosa. Los encuentros y desencuentros de cada día.

El ir de un lado a otro. Cumpliendo tareas. O simplemente viendo el cielo y las nubes. Los jardines con malvones rojos como llamas. Las moreras de otoño, con sus verdes y oros incipientes, como tejiendo una retícula muy tenue que se expande por todas partes como un techo y se unifica con los olmos y los aguaribays y los plátanos formando el techo verde amarillo de Mendoza en esta época del año.

Y saber que este mundo que se inaugura al poner unas palabras en la hoja, es el mundo que has ido habitando. El mundo que uno construye para sí mismo. Donde podés poner el grito en el cielo contra las injusticias de la tierra y el predominio del poder y del dinero. Y vas anotando también los afectos. Esta lenta repartriación de amigos y familia. Familia y amigos.

Otra retícula verde y oro como de raíces que se extienden sobre el suelo y por debajo de la tierra y te sostienen y eres eso. Entonces escribirías infinitamente, porque en este escribir que a veces se pone en la hoja y otras veces se va reteniendo como en una espera que en algún momento también viene a desaguar aquí, vas cancelando la muerte final. Los jarrones eternos del laberinto de Jorge Luis Borges.

La urna griega de Keats en el relato de Julio Cortázar. Y el jarrón del pasillo que va hasta el fondo de la casa bajo los parrales. El rostro de la actriz mexicana de la película de anoche. La belleza de unos ojos y un rostro. Una mirada. Una voz. Esa belleza que es la propia inmortalidad. Entonces esta mañana que está oscuro en el cielo salvo la luna, abres una rendija para hacerte un lugar.

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