Dos peones

Uno negro y uno blanco. Miraba las letras como si nunca hubiera visto una antes. Son veintitantas, dijeron. Pero ahora veía dos solamente y ellas eran todo. Como Cosme y Damián, resumían todo. Oficio de escritor. No sabía si la emoción de ver sus palabras debajo de la estrella roja del diario de León Felipe era un resabio de aquellos tiempos en que ardía la Argentina y su pecho juvenil en el kiosko de Don Navarro, en Arístides Villanueva y Paso de Los Andes.

Los tiempos en que escribía “El manantial” o “Alguien bajó de la montaña hoy”. Tiempos de abrirse camino en la vida. Entre la gente y adentro de uno.

Hurgar, meter las manos, arañar en busca de esa alegría chiquitita que a veces parece desaparecer pero reaparece.

Ya no era más nadie en Argentina, le borraron del padrón electoral. Amigos unos pocos pero de oro. ¿Tendría el derecho de nombrarlos, de poner su nombre en las páginas de un Diario? Dos peones. Uno rojo y otro blanco. No, uno negro y otro blanco.

Sabía que no habría vuelto sin ellos. Recordaba como en nebulosa, encuentros furtivos en el tiempo que no debes nombrar. Peón blanco. Risas y canto en Raíces, la fiesta del regreso en el Sindicato de Educadores de Mendoza, en 1999.

Marcelo y su generosa hospitalidad. Su canto, su risa. L., su miedo y su temblor. Ana, agarrada a un pincel como quien se prende de la cola de un cometa de colores y formas y dibuja los tableros por donde andas, solo, esta mañana de 2004 como quien no quiere la cosa.

Como si la vereda y el mosaico siempre hubieran estado allí. Amanda. Cada nombre es un eco un recoveco y el tiempo vuelve a un tiempo en que no había tiempo ni Dios estaba tan lejos pero sí en esa estatuita de Cristo que papá te había dado y para vos esa el propio Cristo y la medallita con la virgen y el niño y él señalándose el corazón en llamas te llama y no hay más tiempo y es todo y te vas en la ola del mar y esta mañana es ese mismosaico y un río verde y el son del benteveo son todo y los dos peones son eones de neón y sabes que nada está perdido nunca estuvo entonces no tienes por qué querer otra cosa que este mismo sueño donde al despertar encuentras un final y un comienzo para amar.

Al frente carrera mar. Respiras hondo y sabes que hay un tiempo más allá y su llave no es tuya pero no temes ni sueñas pues este es el sueño que sueña alguien que no sueña y dejas que el ovillo de maya teja y desteja cada instante y eres ese mismo instante que se hace y se deshace como las olas del mar.

Trote marr. Cosme y Damián no precisan estar en el mismo lugar al mismo tiempo haciendo las mismas cosas. Ríen y ríen como cuando en Utrecht sazonaban almidonados congresos con escapadas a los monasterios para encontrar manuscritos olvidados o rubias alemanas holográficamente hablando, caminos de hojas y otoños invernales al margen de la academia o en sus intersticios que son como Borges dice el lugar donde Dios acecha, la grieta, la ranura que recorre de arriba abajo la pared de la inolvidable Casa de Usher y se pierde en las aguas del lago o Graciliano en el sueño (¿o despertar?) final de Angústia o Lovecraft en El ser bajo la luz de la luna, su cuento inacabado.

O ya una vez más el eterno canto de Cortázar en su finalísmo Después hay que llegar o Lennon en su no menos final entevista a Playboy dejándonos una huella para seguir: haga su propio sueño. No espere que John Lennon o Ronald Reagan o Jesús Cristo lo haga. Así termina un río de palabras comenzado en 2001 al borde de un arañazo en el papel donde querías rasgar el velo de la nada y volver a un lugar donde habías estado pero que era nuevo y asustador y al fin vienes llegando.

Volvió el camino con la ayuda de María y de mis amigos. Y sigues arañando el velo de la nada y viendo el peón negro y el peón blanco en el eterno juego y sabes que el juego es infinito como el poeta dice y agradeces una vez más y te vas a andar por la playa al ritmo del viento como quien agradece una vida devuelta (devolvida) y sin más una sonrisa se dibuja en ti.

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