Esa tarde, veía todos los amaneceres, todas las puestas del sol, una a una, como en un rosario infinito. Miraba el cielo y veía la sucesión de coloraciones que contemplara en el firmamento desde la primera vez que dirigiera su mirada al cielo.
Los mismos turquesa, los rosados y amarillos, los grises y naranjas, rojos, violetas, arco-iris, lluvias, truenos, relámpagos, formaban una contínua sucesión cambiante y armónica, en la que reconocía el paso completo de su vida.
Ahora era de noche y veía en la ventana, hacia el lado del mar, un azul terciopelo que ya viera otras veces.
Era el cielo, el mismo cielo, todos los cielos, un solo cielo y los cielos que aún vendrían

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