Altri tempi

Fue cuando Buenos Aires se llenó de humo y la gente elaboraba teorías conspirativas para explicar los prodigios adversos. Las cosas al alcance de la mano se ponían muy lejos o desaparecían, los sonidos cercanos llegaban apagados, los paisajes familiares se volvían ajenos e intimidantes.

En la plaza donde antes hubo una cárcel, a la noche las palmeras surgieron de la nada y, en lo alto, sus melenas comenzaron a mecerse envueltas en una neblina quieta. La ciudad, quedó algodonada.
Fue un tiempo de irritación a varias bandas: ardían los ojos y la garganta, el ánimo se picaba por la falta de respuestas. En los pastizales de las riberas y del campo crecía el fuego, alentado por un viento a favor de los incendios, resurgiendo una y otra vez. La Naturaleza había decidido expresarse, doblegar la estatura humana dejando en claro su poderío. De rodillas nos puso y las explicaciones de los mandamases sonaron enervantes y más vanas que nunca. Fueron días apocalípticos en los que Buenos Aires respiró su esencia agropecuaria y sólo quedó la indignación cotorrera presagiando lo peor. Sacábamos fotos, por momentos nos sentíamos turistas japoneses eternizando lo fugaz.

Duró mucho. Fue el comienzo del fin. Probablemente un castigo porque en algún momento escupimos al cielo. La derecha presagió desgracias cuando aún podíamos tomar como anécdota que cada día el sol se pusiera rojo y la luna empalideciera. Ellos, que quieren sangre, afilaron sus lanzas irredentas y culparon a los pingüinos de estar enriqueciéndose con la mierda de los países ricos que, en contenedores sellados, decían, viajaba en barcos fantasmas para ser enterrada aquí. O ni siquiera enterrada, precisaban en el vestuario de damas de un gimnasio de barrio norte, vertida cerca de las villas miseria; se condolían y poco menos que lagrimeaban. Indigestaba verlas; las viviendas de cartón y chapa nunca les importaron, ahora sí porque había llegado la hora del ventilador.

La pingüina en el poder no hacía nada. ¿Qué esperaba?, nos preguntábamos todos. Pocos sabían la respuesta. En un país regido por la vaca, se ignora todo sobre los palmípedos plumiformes. Ellos son naturalmente torpes, sólo elegantes en frac, emiten graznidos destemplados, agitan sus picos para amedrentar, trastabillan fuera de la geografía austral y, en caso de hambrunas o ataques, se arrojan desde los acantilados para suicidarse en masa. Es un ave en extinción que se reproduce insensatamente, tomando en cuenta que los hielos donde habita están en franco derretimiento.

Después llegó el momento del volcán. Desperezándose de un sueño tal vez milenario, el Chaitén, contagiado, escupió humo durante varios meses y el fenómeno se consolidó como la expresión natural en esta maltratada tierra del culo del mundo.

La autora es escritora, publicó cuatro libros y dicta talleres literarios.

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