21 de junio de 2009

Esa mañana, se levantara sin ningún propósito evidente. Los dedos como que difícilmente bajaban a las teclas. Los pasos de Omar acercándose. Los recuerdos de Naty la noche antes. The night before. María durmiendo arriba. El frío de Mendoza esa mañana. Cuantas veces tantos días habrán comenzado así, pensó. Un pájaro cantando a lo lejos. E aniversario de la partida de Diogo. Leila se prepararía para ir a Valencia a estudiar. No dejaría de amar al hijo distante. No dejaría de quererlos, de querer a cada uno, de la forma especial como se quiere a un hijo. Recordaba la reunión de ayer. López días con su tono y su voz tan singular, su modo de expresarse con sonoridad y eficiencia, marcando las expresiones, cautivando, tocando, animando. Papá lee el diario en la mesa, con el sonido que las hojas de Los Andes siempre hicieron. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Ahora vendría mamá por e corredor con el sonido e chinelas arrastrando y algún chiste alguna broma, algún dicho español o alguna frase de Simone Weil o de Carlos Castañeda o de algún sabio o sabia a místico o Sor Juana Inés de la Cruz o ana Teresa, que tanto le gustaban. Talvez llorases ese día sin saber por qué sabiendo. Un dolor en el pecho, recordabas. Una flor naciendo del dolor, recordabas Mamina. Tanta vida en esta casa, tantos amigos, tantos hechos, tantos recuerdos. Cuando yo no sea más que un recuerdo, recordabas, la frase de Yogananda. Dónde estarían Yogananda, mamá, Jesús, Mamina, la abuelita Oliva, Tito Barrera, el Sr. Romeu, dónde se han ido, te preguntabas. No para especular, pero porque tu corazón los siente aquí y ahora y ellos te rodean como una hebilla de cabello y sabes no estás solo. Es el 21 de junio de 2009 y el día está comenzando.

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