Yo soy un personaje literario

La tarea del escritor es la de ir disolviendo los límites ficticios entre los mundos real e imaginario. Yo soy un personaje de ficción. Me vino una tranquilidad tan grande al saber esto. Ya lo venía intuyendo, hacía tiempo. Pero ayer lo supe. Surgieron en seguida algunas preguntas, como quién habría sido el autor o autora de la obra en que me encuentro. Dios, mis padres, yo. ¿Quién? La pregunta flota en el aire, pero no me preocupa. La realidad es esto, y yo soy lo que soy, esto que está aquí, alguien que, a estas horas de la madrugada, escribe para contar lo que descubrió. Ayer, en varios momentos del día, experimenté esa misma sensación de una paz profunda, sabiendo que soy un personaje de ficción.

Esto me iguala a tantos otros personajes que he admirado durante mi vida. Me aleja también de tantas cosas crueles de las cuales me gustaría no saber. Me trae una tranquilidad tan grande. Ya lo has dicho. Sí, lo dije y lo repito. Lo repetiría tantas veces hasta grabarlo en mi memoria y en mi conciencia, para no olvidarlo, para saber siempre que soy un personaje de ficción. Yo me creo a mí mismo, y he sido creado por otros y por Dios. Pero no son otros indeseables quienes me han creado, sino ese otro amado y difuso que se llama mundo, cosas bellas, ideales elevados. Soy hijo de esa red, soy esa red que se extiende en todas las direcciones y me une con las estrellas y los pájaros, las flores, el mar, las nubes, las montañas, los ríos que bajan cantando de la cordillera, los álamos y el sol de Mendoza y de João Pessoa y de Asís y de Buenos Aires y São Paulo y Brasilia.

Soy uno de esos niños de los libros de Enid Blyton en sus historias de casas abandonadas y misterios. Soy Douglas en las narrativas de Ray Bradbury sobre El vino del Estio o las Crónicas Marcianas. Soy Alvin en A cidade e as estrelas de Arthur Clarke, y el árabe loco Abdul Alhazred del Necronomicon de Lovecraft, y uno de los siete locos de Roberto Arlt. Un cronopio cortazariano en Rayuela, saltando de cuadrado en cuadrado bajo los árboles y el sol. Un gato Félix remontando el arcoíris en busca de la olla de monedas de oro del otro lado de las nubes de lluvia. Y Tobi de las historias de sus amigos en lucha contra los chicos del Oeste. Ya no soy algunos personajes que se quedaron en el camino y que no nombro, para no evocar el equívoco que nos equivoca si uno lo evoca.

Sé que fui tantos, y aún los que creí ser y no era, dejaron un lugar para lo que es, pero no saudades. Borges y Fernando Pessoa me dejaron entre espejos y rebaños. Los miles de reflejos que entre los dos crepúsculos del día, y el afecto de personas tan simples que te llenan el alma. Y ahora, a esta hora, mientras el día se prepara para llegar en algún momento cuando la claridad te diga que sí, que hay otro día por vivir, y sepas que hay otros caminos por andar, y que no siempre uno acierta, aunque no trata de equivocarse a propósito, y sepas que los sueños de ayer se han hecho realidad, seguirás disfrutando de esa nueva vida recién descubierta, hace ya mucho presentida: la libertad y la alegría de saber que sos un personaje literario.

 

 

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