Puede ser saludable, o hasta necesario, hacer un poco menos de esfuerzo, exigirse menos, esperar menos, tener menos expectativas. Dejar un poco de espacio, a ver si el mundo viene, a ver si la vida anda por sí misma.
Tenemos mucho la costumbre, sobre todo los hombres (pero también muchas mujeres), de exigirnos demasiado, de no dejarnos en paz. Empieza el día y el mecanismo comienza a funcionar por sí mismo.
El exijómetro se pone en marcha. Tenés que hacer esto, aquello, no sé que más. ¿Y por qué tantas obligaciones, por qué tantas exigencias? Porque nos hemos creído que teníamos que ser siempre el primero, siempre el mejor.
Nunca equivocarnos. Como si el mundo dependiera de lo que yo haga o deje de hacer. Es una trituradora, pero puedo salir de allí, ya que soy yo mismo quien le da cuerda, quien la creó y la admitió adentro mío como una especie de dictador perpetuo.
Entonces si miro y veo el mecanismo de la auto-tortura constante, que no se muestra como tal sino como una especie de santificada dedicación a nobles tareas, sean cuales fueren, si veo esta programación auto-masacrante, puedo dejar un espacio, puedo dar un tiempo, aflojar la auto-exigencia.
Parar. A veces uno no para porque quiere, sino nos para una enfermedad, un acontecimento externo. El tránsito que no anda, la lluvia que cae, algo que nos impide de proseguir con la eterna y constante competición con nosotros mismos para ser más, para tener más, para ir más lejos, para hacer más, infinitamente.
Uno se ve obligado a parar y ve que el mundo sigue andando. Y no necesito auto-torturarme en nombre de nada. Ni en nombre de la religión ni en nombre de la familia, ni en nombre de lo que sea.
Puedo, al notar el mecanismo de la auto-violentación interna, dejarlo, mirarlo y verlo. Dejarlo, simplemente, y ver que la vida sigue igual, o mejor. Mucho mejor, en realidad. Sin violencia.

Sociólogo, Terapeuta Comunitário, escritor. Vários dos meus livros estão disponíveis on line gratuitamente: https://consciencia.net/mis-libros-on-line-meus-livros/

Amigo Rolando
Como siempre. tus escritos me encantam Abrazos, magdala