Transformación

fotoYa la noche había llegado. Y como tantas otras veces, venía a anotar algunas cosas. Unas pinceladas. Sabiendo ser ésta siempre una tarea precaria. Sin embargo, de algún modo, en estas tentativas, algo se va recogiendo. Y la suma de estas anotaciones ya es como que una especie de libro infinito, que contiene todas las cosas.

Todo lo que he ido escribiendo está contenido en lo que digo y en lo que callo. La vuelta de Godoy Cruz esta tarde. El shopping Plaza Mendoza. Las tiendas. Las vidrieras. La gente yendo y viniendo. Las escaleras. Los cafés. Las conversaciones hacia adentro y hacia afuera. Todo se va cosiendo. Todo se va unificando. Inclusive un pasado que ya está en una especie de hibernación.

No lo visito más, o si lo visito, es de un modo muy particular. Se ha quedado congelado. Y agradezco. Duele menos. Han quedado sensaciones de aquel tiempo, pero de un modo menos doloroso. Creo que hay un límite también en esto, en comprender lo ocurrido, que dejó huellas que uno obligatoriamente tiene que seguir transformando, transmutando cada vez que viene el recuerdo. Pero también está esto. Este ahora. Esta hora en que la noche.

La vida ha seguido, también ella ha de haber tenido que procesar aquella oscuridad. La gimnasia de mañana. La ida a la academia. La verdulería y frutería. La dietética. El jardín de la casa. Las calles de otoño. El otoño por todas partes. Las moreras como pintadas en el aire. Amarillo. Verde. Todo viene y va. El otoño también viene y va. Todo viene y va. Y hay una hora en que las palabras vuelven sobre sí mismas y se callan. Se callan diciendo. Escuchando. Sabiendo. Siendo.

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