El dia después de la elección de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil, muchos respiramos aliviados. No solamente porque proseguirán los programas sociales de inclusión iniciados por Lula, sino sobre todo, porque en su primer discurso, Dilma dijo que su principal preocupación será erradicar la miseria. Eso a mí me tranquiliza, y deberá tranquilizar mucha gente. Creo que esto ya bastaría para decir que el día después es un día de reposo, de descanso. No se trata de cuestiones ideológicas, que a mí, en lo personal, no me importan en absoluto.
Me importa la vida, pero no cualquier vida, como la derecha oportunista trató de usar contra Dilma durante la campaña, presentándola como abortista. Hay toda una derecha conservadora, reaccionaria, que dice defender la vida y se olvida que la vida es tener posibilidad de elegir. Y en esto el gobierno Lula invirtió pesadamente, en la educación y en la ciudadanía para los más, para la base de la pirámide social, tantas veces usada por los poderosos para llegar al poder y allí mantenerse, a costas de la ignorancia y de la marginalización social que por fin empiezan a ser barridas del mapa.
Y esto me hace reflexionar sobre los deberes de los intelectuales para con el pueblo. Esto es como hablar de horca en casa de ahorcado, pero no hay como quedarse callado. Alguien pagó los estudios de quien llegó a ser presidente de la República, gobernador, diputado, profesor, periodista, profesional. Esos que antes pagaban los estudios y no estudiaban, ahora estudian, tienen la posibilidad de ser gente. Esto es inclusión social. Esto es lo que me interesa, como que estudié en escuelas y universidades públicas, y tengo, como Dilma y como tanto diputado y senador y profesor y periodista, la obligación de devolver al pueblo en servicios, de modo que mejore la vida de quienes más sufren.
No voy a hacer un discurso político-partidario ni ideológico. Apenas recordar algunas cosa que es bueno no olvidar. La vida es vida si la devuelvo multiplicada, en mejoría para quienes me rodean, con quienes comparto la suerte o el destino de ser habitantes del planeta en esta época, en cualquier época. No cualquier vida es vida, como quiere hacer creer, interesadamente, la derecha reaccionaria y una cierta intelectualidad a la cual hay que recordarle su origen y sus obligaciones.
No basta yo decir que estoy del lado del pueblo, del lado de los pobres. Tengo que trabajar efectivamente para que no haya pobres ni material ni mentalmente. Por el fin de la pobreza mental y espiritual, por el fin de la exclusión social, el fin de un sistema sin alma, como decía Karl Marx. Un mundo sin corazón. El fin de un sistema que nos divide según seamos o no propietarios de algo, un sistema de tener y no de ser, como decían Erich Fromm y Paulo Freire.
No quiero hacer propaganda de nada. Apenas tener conciencia, saber, que hay una tarea que nadie puede delegar en otras personas ni en el gobierno o en la Iglesia o en alguna organización o institución: Es el cambio interior, es yo ser la persona que debo ser, alguien conciente de su valor, de su dignidad, de su unicidad. La tarea es constante, y estamos siempre tratando de acertar. No hay recetas, pero sí el afán de encontrar el camino correcto, el rumbo cierto. Es esto.

Sociólogo, Terapeuta Comunitário, escritor. Vários dos meus livros estão disponíveis on line gratuitamente: https://consciencia.net/mis-libros-on-line-meus-livros/

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