Terrorismo de Estado

No es un recuerdo que a nadie le gustaría tener, y al mismo tiempo, es algo imposible de olvidar. Con el tiempo, con la ayuda de tanta gente y de los cambios que en ti y en el mundo se van procesando, las heridas se van transformando.

Pero no es algo que pienses que deba quedar sin castigo. Sabes que la justicia anda a pasos lentos, que algunos testigos han desaparecido, en medio de una debilitada democracia argentina que intenta ajustar las cuentas con este pasado.

Con mucha dificultad, comprendiste que habías sido torturado, como tanta gente, cuando la desaparición de personas, el secuestro sistemático, la ocultación de la verdad, la mentira, se hicieron política de estado, en la Argentina de 1976 a 1983.

Hoy esos delitos están impunes, en su gran mayoría, pues el número de condenados por terrorismo de Estado, es insignificante en relación a la magnitud de los crímenes que cometieron. Las cifras son bajas, frente a la gravedad y dimensión de lo ocurrido.

Los daños perpetrados contra la salud mental de las personas que vivieron en Argentina, son visibles de varias maneras. Una de ellas, el miedo a comprometerse, el miedo a participar, el miedo a desafiar los grupos dominantes.

Mucha gente ni se da cuenta de que ha sido torturada, pues no la llevaron a u centro de torturas ni a un campo de concentración de los que funcionaron durante la dictadura. Pero aprendió a vivir con miedo. No te metás.

El castigo a los culpables comprende a quienes practicaron los crímenes de lesa humanidad, así como a sus financiadores, sus apologistas, y quienes se beneficiaron de la matanza y del terrorismo de Estado en Argentina.

Un estudio de la OPAS/OMS, La salud mental en el mundo (1997), muestra los efectos en la personalidad y en la sociedad, de la práctica del terrorismo de Estado en diversos países de América Latina, desde El Salvador hasta Argentina, Chile, Uruguay.

Un escrito de Eduardo Mugnagna cuando se pensaba en indemnizar a los exilados por el régimen terrorista argentino, me hizo ver la verdad: Todos debimos exilarnos, decía. Y tenía razón. Todos debimos exilarnos. Los que se quedaron, y los que nos fuimos.

La destrucción psicológica de la población, encubierta bajo el manto mentiroso de la lucha antisubversiva, golpeó fuertemente a las camadas populares, a los intelectuales, a la gente en general, a través del miedo y la amenaza constante del uso de la fuerza.

Subversión fue lo practicado por los delincuentes de 1976, y debe ser castigado, si no queremos que se repita. Yo no quiero que se repita, ¿y vos? Nunca más.

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