Suena la sirena, por Alejandro Drewes

 

 

 

 

 


a Adrienne Rich, lux, soror

Otra vez el sonido impar que levanta
uno por uno a los muertos olvidados
y un desesperado gesto entre las manos
por no ver el próximo naufragio de rosas,
su fatal augurio bajo el agua del espejo.

En ausencia recorrer las letras de tu nombre
en las negras uvas de la noche que avanza
y conquista los espacios devastados.
-Creímos entonces en un amor eterno
como el ancho campo divino, y una vez

en aquel tiempo, el jardín de la infancia
fue quizá tan verde como tus ojos
antes del incendio fueran, cuando
los vientos cegaron el ojo de aceite
y la luz de la única lámpara,

Tornaba el mundo a ser una sola y trémula
nota prístina de silencio;
con apenas tiempo para recordar
a los otros y el instante de violencia,
en el justo espacio de una sístole,
roto cristal de mundo en cuarto menguante.

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