Rumbo superador

Las circunstancias críticas tienen la virtud de obligarnos a poner las cosas en limpio. Mirar cara a cara lo que está ocurriendo, y despertar.

Prestar atención y actuar de manera adecuada y coherente con nuestros principios y valores.

Salimos de alguna especie de torpor o acomodación, un talvez como que estado de indiferencia.

Mirando retrospectivamente lo que ha sido mi vida hasta este preciso momento, veo que la mayor parte ha transcurrido bajo regímenes y situaciones opresivas, altamente peligrosas tanto para la integridad física como para la preservación de la propia identidad personal.

Esto no es algo que solamente a mí me pase o me haya pasado. La mirada que he aprendido a tener sobre mí mismo y sobre la gente en el contexto de la Terapia Comunitaria Integrativa de Adalberto de Paula Barreto, me ha ido permitiendo saber que este es un poco como que el pan nuestro de cada día para la mayoría de las personas.

El sistema capitalista es un demolidor de gente, un destructor de individualidades, un triturador de lo más noble que existe, que es el ser humano en su infinita riqueza, complejidad y diversidad.

Nos construyen como islas en perpetua competición, creando fosos de extrañamiento y oposición mutua, lo que puede irnos arrancando del suelo sólido que solamente el trabajo compartido propicia, al habituarnos a sumar con los diferentes.

En vez de gastar tiempo y saliva en denuncias y críticas, la persona que se mete en la TCI con el propósito de tenerse de vuelta, de volver a ser quien ella es, más allá de todas las presiones alienantes, bien como de los papeles que la pueden haber ido aprisionando, encuentra a su disposición una tecnología cuyos efectos son inmediatos.

“Yo no estoy solo, esto no me pasa solamente a mí, yo puedo ser quien yo soy, yo puedo ser feliz, yo tengo el derecho al descanso, yo no nací para cargar el mundo a mis espaldas, yo no nací para sufrir.”

Estas constataciones van removiendo la resignación fatalista, la desesperanza, la desesperación, el vacío interior.

Aprendemos a revalorizar nuestros esfuerzos, a reconocer nuestra historia de vida, recuperar el poder de saber nuestros orígenes, salir del papel de víctimas o salvadores/as de la patria, para descubrir nuestras competencias y actuar con responsabilidad y conciencia.

Pasamos a vivir más en paz con nosotros mismos, más integrados en lo que es eterno, el fluir de un tiempo que nos tiene como agentes activos de nuestro propio destino.

Estas reflexiones y constataciones nacen en un momento en que veo que el trayecto que recorrí hasta ahora, me unifica con algo esencial que casi todas las personas tienen: la certeza en la capacidad que tenemos de superar todas las dificultades cuando nos damos las manos, cuando trabajamos en común hacia objetivos superiores como la felicidad, la justicia, el amor, la paz, el bienestar de todos/as.

Pasan los golpes, pasa la violencia, pasan las mentiras y la fuerza bruta, pasa el engaño, pasa el deseo de venganza,  pasa la delincuencia política institucionalizada. Queda lo que somos capaces de construir y mantener con el esfuerzo solidario, a partir de nuestra propia redención personal, que nace reforzada después de cada enfrentamiento.

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