Permanencia

La vida no fue extinguida. La vida continúa. Han cambiado las rutinas y comportamientos. Los ejes, focos y sentidos esenciales siguen siendo válidos.

Hay que tener más cuidado para no contaminarse. Mantener la distancia. Evitar aglomeraciones. Pero el existir como tal, sigue sucedendo bajo las mismas leyes.

Un día la persona muere. Su cuerpo físico. Siguen las memorias. Así ha sido y así sigue siendo. Seguimos yendo a la panadería y a la verdulería, al supermercado o al mercadito.

Seguimos encontrando gente en las calles. Menos gente, es cierto. En medio de esta situación modificada, sigo caminando. Sigo yendo adonde puedo. Sigo buscando gente querida por los medios electrónicos.

El mar sigue allí, ondulando, bello y verde bajo el cielo. Las palmeras y los pájaros, los barrancos al borde de la playa. Todo sigue y yo y las demás personas seguimos yendo y viniendo. Yo no puedo permitirme dejar de vivir este momento.

Es tan intenso cuanto cualquier otro. No puedo permitirme cancelar la vida hasta que pase la pandemia. Sigo cultivando mis afectos y mis sueños.

Cada minuto es más precioso que antes, porque talvez sea más precario. O tan precario como siempre. La vida es precaria. Inestable. Imprevisible.

En medio de esta situación que nadie podría haber imaginado, la vida se renueva con una intensidad inusitada. Se abre espacio para un existir más pleno. Menos tonterías. Menos expectativas. Menos exigencias. Más fluidez.

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