No me confundan. Yo no soy ladrón.

Ayer me ocurrió algo verdaderamente desagradable. Soy escritor y artista plástico, y tuve la idea de que podría encontrar papeles para pintar, en la papelería Entre Ríos, de la ciudad de Mendoza. Con la misma tranquilidad con que acostumbro a entrar en cualquier comercio, lo hice también en esta oportunidad.

Sin embrago, en seguida, vino a mi encuentro un joven que supuse ser un vendedor pero que era, en realidad, alguien que debía ocuparse de la seguridad y vigilancia del local, aunque no usaba uniforme ni nada que lo identificase como tal. Este joven, después que le pregunté por el artículo que pretendía comprar, me dijo que yo debería dejar mi morral para entrar al local, a lo cual me negué.

El lugar donde me indicó que debería dejar mi morral era una estantería sin ninguna protección. Me indignó ser tratado como un delincuente real o potencial. Di media vuelta y salí, dejando los insultos a la agresión de que fui objeto, para la vereda. Ahora comparto con quienes puedan leer esto, este acontecimiento. Creo que es necesario que las tiendas se protejan de los ladrones, sí.

Pero esto no les da derecho a tratarme como si yo fuera uno de ellos. En otros países, esto da lugar a procesos judiciales por agresión moral. De mi parte, solamente pretendo alertar a quienes puedan estar siendo objeto de estos tratos vejatorios, para que también se manfiesten. Es necesario que aprendamos a tratarnos como humanos, los humanos.

En cuanto a esta papelería donde tuve la infeliz ocurrencia de entrar ayer, sólo podría volver a hacerlo, si tratase a sus clientes como gente, no como delincuentes. El joven empleado que me trató mal, me dejó confuso. Había gente en el interior del local, con bolsas grandes, que podrían haberle resultado también sospechosas. La mía, pequeña, sin embargo, es la que motivó su actitud hostil. ¿Será que, sin saberlo, parezco ladrón? Ahora me quedó la duda. Y ustedes, ¿alguna vez ya se confundieron o fueron confundidos?

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