La sensación de estar vivo es, para mí, la más admirable

Un día antes de la recordación, en Argentina, del último golpe militar, un sobreviviente comparte con los lectores y lectoras de Consciencia, sus impresiones.

Despertar de mañana y descubrir que estoy respirando, pensando, sintiendo, queriendo o no queriendo, orando, etc, es la más destacada, para mí, y aquella que sobrepuja a todas las demás. Hoy me desperté a las 20 para las seis, como dicen los chilenos, o las seis menos veinte, como decimos los argentinos. Ya son las 6:15, como decimos aquí en Brasil, y han pasado tantas cosas por mi percepción, que me parece que es imposible transcribirlas a todas o, siquiera, a una parte substancial, o las principales. Delante de esto, me surge: ¿es posible la atención total? ¿Hay una forma determinada de orar (no te pongas teológico, ya te dije) o la vida consciente, atenta, conectada, fluyente, concentrada y suelta al mismo tiempo, es la oración perfecta, al menos para mí? Además de desperezarme y decidir no arreglar la cama sino bajar a la planta baja (vivo en una casa de dos pisos), abrir las ventanas del piso inferior y sacar la manta que cubre el sofá de la sala de televisión, ya hice otras cosas, como lavar la loza, tomar guaraná con açaí y jugo de limón con hielo, preparar el mate y venir aquí a escribir estas cosas que estás leyendo. La sensación de estar vivo, mi admiración frente a este hecho, el agradecimiento al ser supremo que llamamos Dios, Divina Madre, Jesucristo, etc, (va en el gusto de cada uno/a) por este hecho primero y substancial, que precede a todo otro, son para mí primordiales. No sabría orar si no estuviera agradeciendo por haber salido de la depresión, por haber conocido María y haber decidido, un día de 1999 en Pacheco, que volvería, que volvería a ser el Rolando anterior al terror, al miedo, a la dictadura. En aquél tiempo, vivía pensando en los desaparecidos. Tenía miedo de la gente y de mí mismo. Desfilaban por mi mente relatos de tortura, las sensaciones en Buenos Aires y Mendoza en los años del oprobio. Mamá y Ramón en la mira de los asesinos. Arturo y Leo escapando de la muerte. Yo mismo, tanta gente, todo el mundo bajo la mira de la canalla militar y policial, clerical y fascista. Y al nombrar y adjetivar, desdibujamos, ya no es lo que es, ya no es lo que fue, ya no es lo poco que conseguí traer a la conciencia en dos artículos que la ADUFPB-JP publicó: Argentina, ayer nomás y Sur, paredón y después. A veces se me figura que sin ese telón de fondo, sin ese miedo constante e intenso, omnipresente, que nos hicieron sentir durante tantos años, minuto a minuto, día tras día, no gozaría de esta alegría de vivir. No creo que sea así, pero se me ocurre, a veces. A veces pienso, y me avergüenza pensarlo, que sin el miedo omnipresente de aquél tiempo, hoy la vida no me sería tan querida. Sé que sin exilio no hay retorno. Yo me exilé, todos se exilaron, y volví. Vamos volviendo. Volveremos cada vez más. Al menos yo estoy decidido, y no abro mano de esto: Volveré. O tal vez ya haya vuelto, pero sigo viniendo, como la ola del mar, como el agua que completa su ciclo girando desde las profundidades de la tierra a las fuentes de los manantiales, corre por los ríos, se eleva en neblina, brilla en el arcoiris, cae como lluvia, flota como nubes y se mece como el mar y es siempre agua. Apenas agua. Nada más que agua. Agua de la fuente, agua cristalina y primordial. Hoy es el 23 de marzo de 2009.

Deixe uma resposta