La persona humana en el centro. Propuesta para una política personalista y comunitaria

Nota editorial del número 21 de la revista PERSONA, publicada por el Instituto Emmanuel Mounier de Buenos Aires, Argentina
http://www.personalismo.net/persona/

“Hay que reconocer el sentido de la historia para insertarse en ella;
pero al adherir demasiado bien a la historia que es
no se hace ya la historia que debe ser”.

Emmanuel Mounier

La siguiente propuesta tiene por fin presentar el marco de acción y pensamiento para una política inspirada en valores humanistas, iluminada por el bien común y centrada en la dignidad inalienable de la persona humana. La misma señala un camino de transformación social que deponga el individualismo hacia horizontes de responsabilidad personal con primacía del “nosotros” y responda con contenidos renovados a la carencia de sustento conceptual de la política de nuestros días. Guiada, en el mejor de los casos, por un pragmatismo oportunista, la política contemporánea se aleja de un conjunto de valores capaces de conferirle un sentido trascendente a su ejercicio. De aquí, por tanto, nuestras aproximaciones a una política identificada con el personalismo comunitario.

1. Restituir el sentido de la persona responsable

Frente a las miradas deterministas de la historia o la comprensión de ésta como fatalidad, conforme a las cuales todo lo que acontece pareciera estar regulado por procesos ineluctables que niegan al hombre su libertad, urge restituir el sentido de la persona responsable y el poder desmesurado que conserva en sí cuando confía en su capacidad de transformación. El sentido de la persona como ser capaz de autonomía -asumiendo el real condicionamiento de las estructuras- opera tanto al interior de los colectivismos de izquierda y de derecha con sesgo autoritario, característicos del siglo XX, como también frente a la actual creencia resignada de que “nada puede cambiar”, dada la circunscripción del poder a un aparato político o un liderazgo hegemónico.

2. La realización espiritual del hombre

Nuestra acción no consiste en luchar contra un mundo inconfortable. Nuestro compromiso debe considerar, ciertamente, las necesidades básicas insatisfechas y procurar un desarrollo material de las personas en situación de vulnerabilidad, pero nuestro norte debe ir más allá. Además de velar por la prosperidad y el bienestar, nuestra mirada debe incluir la realización espiritual del hombre. Rechazamos la medición de la felicidad por el alcance de ciertos bienes de consumo o tecnológicos que provean de confort. Debemos transformar la política y la economía, para que dejen de ser simples técnicas impersonales, tendiendo a la personalización de sus estructuras y a la institucionalización de lo personal.

3. Un ser en situación

No hay conciencia particular válida sin su maduración a través del drama total de su época. El hombre que concibe su dignidad, una vez que pone sus dones al servicio, adquiere el valor de lo colectivo. Todos los derechos y obligaciones que conciernen al individuo cobran valor en la opción comunitaria. Buscar un desarrollo espiritual -en palabras de Mounier- no debe desligarnos de las condiciones de la acción, ni replegarnos en la purificación interior o la expresión moral.

4. Una tarea de rehumanización

El hombre no se satisface con el mero hacer, ya sea fabricar, organizar o producir, si no encuentra en dichas operaciones su dignidad, la fraternidad de sus compañeros de tarea y cierta elevación por encima de la utilidad. Desconfiando de una perspectiva tecnocrática de la realidad social, con foco obsesivo en resultados cuantitativos, consideramos la tarea del personalismo comunitario una obra de rehumanización. Volver la persona humana al centro, desde nuestra óptica política, implica delimitar la noción de eficacia a la acción del hombre sobre las cosas y resituar lo ético como mediación entre lo técnico y lo político.

5. No confundir al hombre con su función

Dicho lo anterior, la persona no puede reducirse a sus funciones (políticas, económicas, sociales, psíquicas, biológicas, etc.) sin un detrimento profundo de su dignidad y de su ser. El mundo de hoy se apoya sobre la idea de función, por lo cual es urgente proponer una filosofía que rescate la dimensión ontológica del ser personal e impugne el “espíritu de abstracción” que deshumaniza lo humano. Debemos forjar un sentido comunitario trascendente, que supere la comunidad de intereses, compromisos comerciales y otros medios y fines exteriores a la persona. A diferencia de lo que planteaban los teóricos del Estado totalitario y de la burocracia, las personas no están hechas para las funciones, sino que estas últimas, en todo caso, deben servir para desarrollar la capacidad de quienes las desempeñan.

6. Descrédito de todo paternalismo

Luchar contra la despersonalización de la persona en manos del grupo-masa y del direccionamiento populista. Lo colectivo como tal no es comunidad per se ni mucho menos comunicación o comunión de conciencias. Es necesario promover una sociedad de personas libres y abiertas a la creación (sujetos dueños de sus vidas que puedan dictarse a sí mismos sus propias reglas, reestableciendo el valor de la vocación). El político personalista no puede perder de vista la persona individual sumergida en la masa. Debe tener la sensibilidad de conmoverse ante el rostro sufriente en medio de la multitud y ser respuesta ante las realidades particulares. Es menester al mismo tiempo abandonar la actuación demagógica y la exaltación sectorial, sean “los trabajadores”, “las clases populares” o el colectivo que fuera, pues allí se reduce la dignidad inexpugnable de la persona, determinada discursivamente a una pertenencia de rótulo. Cuando el demagogo se engalana por lo que ha hecho en favor de una bandera –supongamos, la de los Derechos Humanos- y da como cumplida esa asignatura, la soledad de la víctima de una causa no resuelta y el mal que se ejerce sobre la misma, crecen proporcionalmente a la eficacia que el discurso político se atribuye a sí mismo.

7. El valor de la justicia

Nos podemos inspirar en Platón, que exigía, ante todo, la justicia en la ciudad, o en san Agustín, para quien “la paz es la tranquilidad en el orden”. Sin esta justicia, el equilibrio político está en peligro. Platón afirmaba que la “República” no es sólo un conjunto de relaciones armoniosas, sino también una amistad de sabios. Sin estas dos cosas: la justicia-equidad, por un lado, y la amistad por otro, todo es inútil, la ciudad no estará nunca en orden.

8. Prioridad por los más desfavorecidos

En relación al valor de la justicia, debemos priorizar en nuestra acción a los más vulnerables. Promover un sistema económico que ofrezca oportunidades para quienes más las necesitan debe constituir el foco de nuestra militancia. “Me dueles, luego existo”, el lema de Carlos Díaz, puede orientar la política personalista comunitaria a acoger a los individuos al margen del progreso (el huérfano, la viuda, el pobre, el inmigrante).

9. Un servicio permanente en favor de la verdad

“Un hombre que forma a otro hombre en la línea de su vocación y lo arranca de la dispersión o de los refugios en que se guarece, para que él se revele ante sí mismo y confiera su vida el sentido que ésta exige, hace más por la revolución espiritual que cien conferencias públicas”. De aquí la solidaridad que debe definirnos en la apuesta total por el otro. Pero también es menester un trabajo de denuncia. Denuncia de todo avasallamiento a la dignidad de la persona y de los Derechos Humanos. Este carácter ético de la política que proponemos exige un alto compromiso de integridad personal, que debe operar en todos los ámbitos. No es más ni menos que una coherencia de vida y acción, una conducta en torno a los valores que defendemos.

10. Centrar la acción en el testimonio y no en el éxito

Una disposición abierta al diálogo y a una construcción conjunta, en donde el político no es más que un humilde servidor, puede alcanzar resultados mucho más profundos, de transformación y de unidad a largo plazo, que el puro exitismo inmediato, que no se sostiene más que en el impacto efectista que se propone. Según Mounier, “los que buscan el éxito se preocupan en hacer antes que ser, los segundos [los del testimonio] intentan ser para poder hacer, o para que sea hecho, con o sin ellos”. A diferencia de la política de nuestros días, en que más que hacerse cargo el funcionario de su mandato y responder a la ciudadanía que representa, asistimos al teatro de la inculpación. Siempre es otro el responsable de lo que acontece en lugar de quien lo es de hecho.

11. Una superación de la lógica amigo-enemigo

El personalismo político debe comprender que vivimos en una sociedad donde la política se ha desentendido de la persona, de la amistad, de la reciprocidad de las conciencias, para convertirse en una lucha por el poder de todos contra todos. Se trata de construir fraternidad y comunidad, categorías perjudiciales para la política que se guía sólo por el dominio y la supresión de los adversarios.

12. Edificar la obra interior

Para que la obra exterior llegue a buen puerto, antes debe haberse cultivado la interioridad, es decir, la virtud, como condición de desarrollo de una civilización justa, armónica y en pos del bien común. Los griegos, que sembraron la virtud antes que la técnica, alcanzaron la cumbre de su desarrollo en base a la prudencia y la contemplación antes que al mero hacer. Para lograr una coherencia entre declamación y acción, debe trabajarse en una “presencia”, es decir, en una integralidad en donde confluyan amistosamente el ser y el hacer, ya que nadie actúa diferente a cómo es, pero, al mismo tiempo, sólo haciendo puede decirse que alguien es. Por tanto, el grado de adecuación de nuestros valores con nuestra vida establece el rumbo de una revolución que cosechará exclusivamente lo que ha sembrado. El árbol de la división, el odio y la desunión, puede tener resultados tan catastróficos en una sociedad, como los que, de manera proporcionalmente inversa, pueden lograr el amor, la generosidad y la reconciliación, en vistas a gestar una comunidad que ampare a todos y se enriquezca en la diversidad de cada uno de los sujetos que la componen.

Instituto Emmanuel Mounier Buenos Aires

Fuente:

Inés Riego
Directora Revista PERSONA
iemargentina1@gmail.com
http://www.personalismo.net

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