Intervalos

Cuando no tengo nada que hacer, me pongo a escribir. Esto me calma, me alegra, me da una sensación de paz. Ir poniendo letras una al lado de la otra y ver qué se forma. Amor, roma, armo, mora. De pronto uno se va alejando de alguna circunstancia un poco tediosa. Como ser la sensación fastidiosa de no saber qué hacer una tarde como ésta. Por qué puede llegar a ser tan molesto no saber qué hacer, o no hacer nada? A veces lo mejor que se puede hacer, es nada. No hay por qué obligarse a hacer cualquier cosa, sólo para estar haciendo algo. Es mejor muchas veces admitir el hecho de que hay pausas, reflujos, y en esos momentos, uno está como si dijéramos, mirando, de espectador. De pronto ves los días pasados, los caminos recorridos, la gente que viste en el avión y en los aeropuertos. Las idas y venidas entre las cuales transcurre la vida. Y cuando te ponés a escribir sin ningún propósito determinado, una sensación de acogimiento, de integración.

Sos parte del todo. Y así como hay luces y sombras, luna y sol, viento y quietud, hay días o semanas que muchas veces pasan sin que pase nada. Días en que lo mejor que podés hacer es ir poniendo letras una al lado de la outra, ver las palabras que se van formando. Y en esos intervalos, ocupás un lugar tranquilo, como cuando eras chico, que muchas veces estabas así, al cuete, como se decía en esa época. Entonces no te enfermaba no hacer nada. Pensabas vaya a saber en qué. En figuritas, revistas, amigos, paseos en bicicleta, helados. Las cáscaras de los plátanos de la vereda de enfrente, que hacían dibujos en el tronco del árbol.

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