Gratuidad del arte

Hace un ratito fui a comprar un bloc de dibujo a la casa de artículos de arte de la esquina. Como estaba cerrada, seguí viaje hasta una papelería que hay más allá, cerca del mercado de artesanías. Quería referirme ahora a los juegos de la mente y la memoria que, si no me falla la memoria, es también parte de la mente. Lamente o no el lector o la lectora todos estos devaneos, la cosa es que lo que me llamó la atención, es algo que conversaba al desayuno hoy a la mañana, con mi mujer.

Algo aparentemente trivial, pero que es de la máxima importancia. Cómo uno, por la presión social, acaba perdiéndose de sí mismo. Mientras andaba en busca del bloc de dibujo, me venían sensaciones de cuando era chico y dibujaba en el parque, o en casa. Las sensaciones estaban intactas. No andaba, en aquella época, detrás de perfeccionismos técnicos, provocar no sé qué impresiones en la gente. Siempre había alguna expectativa sobre los demás, pero el eje estaba en mi encuentro con los colores, en mi estar en la hoja, con la hoja. Con los colores y en la hoja.

La distorsión está ahí, que nos vamos expropiando de nosotros mismos, por algo externo internalizado. Vos que sos pintor, vos que sos artista, escuchamos. Supuestamente es un reconocimiento, pero en realidad nos empezamos a dejar robar lo que era gratuito, esos instantes de una felicidad que ni se sabe tal, de tan despreocupada. Tan solo el estar con los colores, como en el patio de la casa, o en la escuelita. Sintiendo los lápices con la mano, viendo el azul, el rojo, el amarillo, el verde. Los colores son lugares, son emociones. Uno puede estar allí, simplemente estar. No hay necesidad de crear una obra de arte, de hacer algo espectacular. Basta estar allí. Que el gozo no se pierda por la obligación.

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