Escribir

Escribir nos comunica, nos da un espejo del vivir, que se torna espejo para otros, en una repetición incesante de reflejos, como decía Borges, incesante Borges de los mil reflejos. Nos limpia el alma, nos libera del individualismo enfermizo de estos tiempos. Nos expande sin límites pues el libro seguirá en las mentes o en los corazones de gente que ni conocemos, y que lo seguirá leyendo mucho después de que ya hayamos muerto. En ese sentido, es una puerta a la inmortalidad.

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