El libro circular

Ese día, se había levantado especialmente inspirado. Esto es lo que él pensaba, al menos. Tú dirás, querida lectora o lector, si es así, o si es más una de las exquisiteces de este que se sienta hoy en la computadora, a contar sobre un libro que está escribiendo, llamado El libro circular.

Después de años escribiendo, cosa que hace desde chiquito, nuestro personaje finalmente encuentra el formato que le conviene. Un libro que gira, un libro que da vueltas, un libro que se lee desde cualquier lugar.

Como un mosaico, una mandala, un calidoscopio. La idea es vieja, es decir, ya hay libros así, y él tiene en claro no ser el creador de esta modalidad de escritura o de lectura, pero al menos le agrada pensar que le vino esta idea y la pone en práctica.

Un libro que se puede leer desde cualquier parte es, también, un libro escrito desde distintos lugares. En la sla de espera del dentista, andando por la vereda mirando el mar o la gente que pasa, en tu casa, en un banco de la plaza mientras miras los pájaros y las flores y la gente que va de un lado a otro, ese paisaje incesante, cambiante, del que formas parte tanto como las nubes y los aviones, los insectos y los ómnibus y las motos y todo lo que se mueve y también lo que está quieto.

Si te pones a explicar, dirán que no hay nada nuevo en la idea, y lo sabes. El libro circular es la vida, es lo que gira, es el propio mundo, la humanidad y el cosmos, lo que se extiende hacia adentro y hacia fuera y en ti, en todas direcciones.

Eres el punto de cruzamiento de ese tejido infinito. En ti se da cita todo lo que existe, todo lo que es y siempre fue, y aún, lo que será. De algún modo lo sabes, siempre lo supiste. Todo está contenido en todo. Todo es una parte de ese infinito cristal de esa memoria, como dice el poema de Borges.

La chica que admiras por su belleza, esos ojos de tu amada que te acompañan a donde vas, las flores que ves en las mañanas al salir de tu casa, la gente en las paradas de ómnibus esperando, la enfermedad de tu suegro, las frutas que esperan ser compradas en la verdulería al borde del camino, la reunión del grupo ecuménico esta mañana, todo es un cruce de líneas infinitas, lo sepas o no, y de algún modo lo sabes, pues eres quien gira esas páginas y quien es girado por las mismas, desde un rincón del universo que no conoces pero intuyes.

Sabes y eres feliz. Una alegría profunda te invade. Sin saberlo y sabiendo, eres parte indisociable de todo lo que existe. Eres una letra de esa infinita escritura indescifrable cuyo libro es el tiempo, como dice al poema de Borges al I Ching, el libro de las mutaciones.

Sabes que aún tus preocupaciones, lo que te distrae, lo que aún no tiene un lugar o armonía en tu vida, es parte de ese infinito tejido de la vida del que todo, como ya dijiste, es parte y tú también. Esa sensación de pertenencia, de unidad, de unión con todo, te acompaña esta mañana mientras oyes el canto del pájaro desde el lado donde nació el sol.

Lo sabes y disfrutas de esta maravilla que es estar vivo, respirar, escribir, leer, saber que eres parte del todo. Repites y repites lo mismo, como un mantram, como el canto de los grillos que te hipnotiza esta mañana. Giras con el libro, el libro gira y el sol sube por el horizonte. Los pájaros pían cerca de ti y un ómnibus se acerca. El olor a café te alcanza.

Ella rumbo a Sousa. Y tú, en un instante, a caminar por la playa. Es el día que comienza.

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