Desprivatizando el movimiento de la liberación interior

El movimiento de la liberación interior no puede ser visto únicamente como algo que ocurre en la dimensión psicológica de la persona en aislamiento, en una especie de abstracción antisocial del individuo. La liberación interior es, al contrario, un movimiento que si bien comienza y termina en la persona, por ser ésta un ser social, comienza y termina en la comunidad, en la relación social en sentido weberiano, en la trama de relaciones que constituyen a la persona.

Esto significa que tal liberación interior es social del principio al fin, y no hay como hacer que no lo sea o sea de otra manera. O sea, que la supuesta liberación interior a que pretenda llegar alguien que se aisle y se abstraiga tanto cuanto pueda del contexto social, es y será siempre ilusoria, ficticia, irreal. Para ilustrar esta afirmación me referiré aquí a la liberación interior tal como se procesa en la formación del terapeuta comunitario y en el ejercicio de su actividad profesional.

Este proceso ya ha sido estudiado científicamente, pero aquí haremos referencia más a observaciones de nuestra parte, que a estos estudios, los cuales, sin embargo, han de ser tenidos en cuenta, en la hora de querer avanzar en dirección a la mensuración científica de la desalienación que aqui denominamos liberación interior, o sea: el reintegro del individuo a sí mismo como ser social, el auto-reconocimiento de propio valor y la autoestima personal en el valor más alto, independientemente de las áreas débiles o poco aceptadas por el sujeto, o precisamente en esas mismas áreas.

Podrán haber notado ya los lectores y lectoras, que estamos aquí utilizando el concepto de Marx de desaienación, entendido no sólo en el sentido ya citado, como también, en el de auto-regreso de la persona a sí misma, su rescate de las prisiones de los papeles sociales y de relaciones sociales despersonalizantes y opresivas.

Esto significa, y es a esto a lo que me quiero referir aquí, que en el proceso de formación de terapeuta comunitario, hay un regreso del ser a su autovalorizacón esencial y orginaria. Puede notarse en las formaciones, en el túnel del amor y la confianza, en que cada formado pasa por un corredor hecho de sus colegas de formación, un cllma de algo primordial, sagrado, de niñez recuperada.

Parte del proceso formativo consiste en el rescate del niño interior, en la recuperación del primer maestro de la persona, el ser que fumos antes de las sucesivas adaptaciones o socializaciones por las que fuimos pasando a lo largo de la vida, donde muchas veces fuimos siendo obligados a ceder, a dejar partes importantes de nuestro ser a cambio de cariño o de la aceptación de los demás.

Muchas veces en las formaciones, se oyen expresiones como “yo vivía para los demás, para mi marido y para mis hijos, y ahora vivo para mi misma”, esto dicho por mujeres de origen popular, agentes comunitarias de salud. También esto ocurre con estudiantes y profesionales de salud que actúan en las ruedas de terapia comunitaria, sea como terapeutas, sea como apoyadores o facilitadores.

Si en otros tiempos se pensó que sólo podría haber liberación de la persona en una sociedad que hubiera abolido las relaciones de dominación y de opresión, hoy podemos afirmar, con la autoridad que la experiencia confiere y que la investigación científica confirma, que hay modos moleculares de liberación interior que efectivamente ocurren en medio de la sociedad en que vivimos.

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