Deberes profesionales del sociólogo

Yo creo que la existencia en sociedad nos impone algunas obligaciones. Esto es bien sabido, pero aquí estoy refiriéndome solamente a algo específico: las obligaciones que se contraen cuando uno ejerce alguna profesión directa o indirectamente ligada al desarrollo humano, a la construcción o manutención de las personas con vida, en el ámbito de la cultura, la educación, la sociabilidad.

Esto comprende una vasta gama de profesiones. Vamos a circunscribir aún más el foco: la profesión de sociólogo. Cuando empecé a formarme en esta disciplina, en los años 1970, lo hice, como creo que todo el mundo, por una mezcla de motivaciones de carácter personal y otras de índole colectiva, social en sentido amplio.

Unas y otras, con el pasar del tiempo, fueron convergiendo hacia este que hoy escribe estas cosas, mucho más con la finalidad de mantener vivos esos intereses o motivaciones iniciales, que por pretender estar diciendo algo nuevo. No siempre es la novedad la que nos enseña. A veces es lo viejo, lo que dio origen a un movimiento, lo que puede, al irse recuperando, darle plenitud a una vida, a un quehacer.

En mi caso, pretendía sociabilizarme, pues me consideraba (y me considero aún) tímido, y necesitaba sentirme parte de un colectivo, de un grupo. Esto lo conseguí, pues en el tiempo en que fui estudiante, las movilizaciones en la Argentina, estaban a la orden del día. Eran para resistir a los regímenes ilegales que se imponían por la fuerza de las armas, o bien era, en esos mismos contextos, para ir construyendo las bases de una sociedad sin hambre, sin dominación, sin violencia.

El tiempo pasó, y las necesidades y circunstancias de la vida, me llevaron a ejercer la docencia y la investigación, en distintas universidades. Hoy, trabajo en el ámbito de la salud mental comunitaria, específicamente, la Terapia Comunitaria. Y al empezar, días atrás, a traducir al castellano un libro que he escrito sobre la Terapia Comunitaria, tuve muy fuertemente, la sensación de que había vuelto en el tiempo.

Al ir traduciendo esos textos, que hablan de lo que la Terapia Comunitaria hace por la persona, o lo que la persona y las comunidades recuperan de sí en la Terapia Comunitaria, me di cuenta de que había vuelto en el tiempo, sí. Había vuelto a aquellos días gloriosos, duros pero luminosos, en que como estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo, hacíamos lo nuestro para construir una carrera de sociología al servicio de la liberación, de las clases populares.

Sentía, como siento ahora al compartir estas reflexiones, que me gustaría terminar mis días de pie en este sentido: fiel a un sentir colectivo, de que se puede, entre todos y todas, hacer un mundo mejor a muchas manos. En la Terapia Comunitaria no hay dogmas ni doctrinas, sino una convergencia de personas de distintas clases sociales y niveles educativos, empeñadas en la recuperación de un sentido de vida más pleno, en el reencuentro profundo consigo mismo o consigo misma, en la recuperación de la propia identidad, en una sociedad que frecuentemente tiende a desmoronarla.

Siento que de algún modo, en mí siguen viviendo aquellas jornadas constructivas que nos dieron, como estudiantes de sociología, un sentido claro de que nuestra profesión tenía y tiene mucho de servicio, pero un servicio placentero, nada de salvadores de la patria. Un servicio con alegría, en red, colaborativamente, sin egocentrismos. Sabiendo que la construcción de nuevas formas de sociabilidad, no es trabajo de iluminados sino de una humanidad que redescubre su inocencia y su poder, su capacidad, en la tarea cotidiana de humanizar la vida, humanizándose a sí misma.

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