Yo otra vez

Pensaba esta mañana que ser poeta no es necesariamente ni únicamente ser alguien que escribe poesía o la lee. Escribir y leer poesía es sin dudas una de las mejores maneras de relajar que he encontrado, antes y después del confinamiento.

Sucede que por ahí me olvido y me extraño de nuevo en el viejo mundo de la nada, la llamada realidad vacía e impuesta. Puesto que la luz dura lo que dura y no siempre tanto como me gustaría, aprovecho este breve instante justamente para focalizarme en lo que aquí quiero alcanzar.

¿Qué es la poesía para mí? ¿Qué es lo que hace que cuando leo un poema (como una de las Rimas de Adolfo Bécquer, la “Canción excéntrica” de Cecília Meireles), recupere de mí algo tan substancial como mi propia integridad?

Ya lo he dicho: me veo en esas breves palabras nacedoras. Me nazco de nuevo de tanta turbulencia de extrañamientos habituales. Me deshago instantáneamente de cualquier equivocación a mi respecto. Sé quien soy al poetizar. Hay una forma de poesía (o más de una) que se practica colectivamente.

Es cuando en el diálogo escucho realmente a las demás personas y sobre todo me escucho a mí mismo. Anoche me sucedió de estar participando de una ronda de TCI organizada por Nora Jacquier y Liliana Wolhein, de Misiones, Argentina. El habla me repuso a una de las circunstancias más difíciles de los últimos tiempos.

El acompañamiento a mi padre en sus años de vejez. La dificultad de vivir en João Pessoa, Brasil, y él en Mendoza. Lo que fueron esas jornadas en que tuve que recurrir a varias estrategias para proseguir. La literatura, la poesía, la creatividad, estuvieron a mi alcance.

Me agarré de ahí. Escribía como loco. Jugaba con palabras. Decía de todo por escrito. Me iba liberando y me aliviaba. Algunos de esos escritos ahora me vuelven a la memoria. Instantes preciosos en que pude apreciar quién de hecho fue mi padre para mí.

Estas cosas las comparto ahora porque el pajarito de la inspiración viene cuando quiere. Alivia el peso. Lo eterno no cuesta nada. Está ahí nomás en una hoja de un libro de poemas, un cuento, un cuaderno. Ya no podía dormir y vine a este lugar donde como ayer, como tantas veces que necesito respirar, vengo.

Entonces ya no hay miedo de la muerte, no hay miedo de estar solo, no hay miedo de ataques de la naturaleza que puedan ser. Hay una comunidad que se rehace, se reencuentra, se potencializa. Esto me traje de esa ronda de TCI de anoche. Esto me traigo cada vez que me veo en las caras queridas que me pueblan por dentro y alrededor. Soy yo otra vez. Otra vez yo.

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