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Una sola cosa

Creo que lo que más he buscado en mi vida es la unidad. Ser una sola cosa. Ser yo mismo. El hecho de que haya vivido en circunstancias en que las presiones empujaban hacia un abandono de mi propia identidad en favor de una adaptación a lo impuesto (la vida en la sociedad capitalista es esto) me llevó desde pequeño a crear mecanismos de sobrevivencia. El arte, la poesía, la pintura, el dibujo, el juego, la risa, el deporte, la amistad, la fe, el amor, todo era un recurso para poder seguir respirando.

No es muy diferente lo que se me presenta hoy. El confinamiento impuesto por la pandemia ha recreado situaciones de limitación de la libertad. Disminución de contactos sociales físicos. El miedo a la muerte, el hecho de que haya que mantener distancia, no saber si esa persona que está ahí podría ser alguien cuyo contacto me costara la vida. Todo trajo de vuelta aquello mismo que en el pasado, en más de una ocasión, se me presentó como obligatorio. Había que crear alternativas. Desarrollar recursos que hiceran posible la continuidad de la vida.

Los contactos virtuales son actualmente la posibilidad predominante de encuentro con otras personas. Estamos aprendiendo a valorar positivamente esos momentos en que personas queridas y otras que vamos conociendo, están con nosotros/as en la pantalla de un computador, en un aplicativo, etc. Falta el toque físico, el abrazo. Está presente todo lo demás, todas nuestras otras posibilidades y capacidades están vigentes. La memoria, el sentimiento, el afecto, la vinculación, la decisión, la imaginación, la voluntad, el deseo, el placer o disgusto, etc.

Valorar positivamente esta realidad que es impuesta y al mismo tiempo elegida permite poner a nuestro favor lo que se presenta. No sabemos cuánto irá a durar el confinamiento y demás medidas de cuidado que la pandemia impone. La vida sigue siendo básicamente un transcurrir de tiempo que se desliza día a día hacia un final que tampoco elegimos. La muerte no es una decisón personal, una elección. Podemos elegir cómo vivimos. Qué hacemos con este instante que en seguida habrá pasado.

Ver lo que estoy aprendiendo con esta nueva realidad me lleva a prestar atención al hecho de que ahora veo con más frecuencia a mis seres queridos y demás personas significativas de mi comunidad. Los contatos son más frecuentes y también más intensos. Hay más centramiento, más foco, más integración de perspectivas y dimensiones existenciales que antiguamente talvez estuvieran más disgregadas. El encuentro con uno(a) mismo(a) ahora se impone, no es más una opción. Hay menos alternativas de escape hacia lo fútil, lo desconexo.

El presente se presenta como el lugar propio de la vida. Menos proyección hacia lo que podrá ser o no ser. Lo que tenemos es la posibilidad de seguir respirando, seguir disfrutando y responsabilizándonos por este tejido tenue de que estamos hechos(as) y que contiene todo y abarca todo. Seguir construyendo minuto a minuto una vida que valga la pena. Proyectar qué es lo que quiero ver cambiado en mí y en mi familia, en mi comunidad, después del confinamiento y la pandemia.

La eternidad vino a nuestro encuentro. Lo cotidiano, la vida doméstica, mi propia persona, mi familia, mis amistades, aquellas atividades y actitudes que le dan sentido a mi existir, ahora están en primer plano. No puedo dejar de ver como esta situación que tiene mucho de penoso, contiene sin embargo al mismo tiempo, una potencia fortísima en dirección a una vida más plena, feliz, auténtica, verdadera. El pasado va y viene. Pasa y viene a decirme que lo que aprendí en mis primeiros años de vida, en mi juventud y después, está floreciendo.

El autoritarismo y el capitalismo como cultura del uso y descarte siguen siendo las principales amenazas a la vida. El desafío sigue siendo el mismo. Poner a nuestro favor aquello que nos quiere destruír. Cuando no hay alternativas el parto es inevitable. ¿Quién no recuerda situaciones en que tuvo que seguir adelante a toda costa, ya que desistir hubiera significado la muerte, el desvanecimento en la nada? La muerte no puede ser evitada a no ser con los recursos de la fe y el amor, que nos inmortalizan.

No he querido aquí hacer otra cosa que poner en la hoja algo de lo que vengo aprendiendo. El arte sigue siendo para mí cada vez mas la herramienta por excelencia para transformar todo a mi favor. El arte me sigue enseñando que la opresión no puede destruírme, al contrario, me lleva a poner en juego lo mejor de mí para aliarme con quienes también resisten. Descubro que a lo largo de mi trayectoria de vida cada vez más me he ido volcando hacia la única persona de la cual necesito ser amigo: yo mismo.

Es de mí mismo que necesito el cariño y el reconocimiento. Seguiría escribiendo hasta que nazca el día. Escribir se me ha hecho tan necesario como el respirar. Aquí me renuevo y me reúno. Recojo lo que voy recibiendo de la gente que me rodea y me compone. Siento el piso firme bajo mis pies. No sé qué aprecio podrán encontrar estas anotaciones en quien las pueda leer. Apenas he querido atender a una necesidad antigua y actual, de seguir en contacto. Cada vez más entero. Más yo mismo.

 

Por Rolando Lazarte

Doutor em Sociologia. Escritor. Terapeuta comunitário. Membro do MISC-PB Movimento Integrado de Saúde Comunitária da Paraíba. Vários dos meus livros estão disponíveis on line gratuitamente: https://consciencia.net/mis-libros-on-line-meus-livros/

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4 respostas em “Una sola cosa”

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