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¿Cómo aplicar lo aprendido en las rondas de Terapia Comunitaria Integrativa?

Cuando digo aplicar, es practicar. Toda palabra puede llegar a tener algún tipo de restricción o inadecuación. Más allá de esto, que trato de contornar yendo a la esencia más que a la forma, lo que me interesa es compartir lo que voy aprendiendo en este aprendizaje colectivo, esta reeducación emocional.

En la ronda de ayer del grupo TCI en español, resonó algo que yo ya venía trabajando: la fuerza viene de la fragilidad. Donde pongo fragilidad puede ser vulnerabilidad, imperfección. El pájaro sobre la rama que se rompe, aprende a confiar en sus alas. Sabe que puede volar.

La vida es inestable e insegura. La fuerza del aprendizaje comunitario es que lo que descubro en mí, es validado por personas que viven o vivieron cosas parecidas. Una de las cosas que me gusta de esta práctica educativa humanizadora es que me reconcilia conmigo mismo.

Son exactamente esas sensaciones de inseguridad, vulnerabilidad, inadecuación, que me ayudan a enfrentar el día a día sabiendo que esa es mi fuerza. También me gusta que en la escucha de mí y de la comunidad, se aguza el oído para la polifonía.

Por ahí la mente se detiene en perfeccionismos linguísticos, pero el corazón no se equivoca y hace la costura exacta. Junto el sentir, que me trae seguridad, confianza, tranquilidad, sosiego, con lo que voy comprendiendo. La memoria se agudiza, se juntan los tempos de la vida.

Dejo de vivir de manera fragmentada o recortada, para vivir unificadamente. No hay ninguna perfección en esto. La vida es como la construcción literaria. Un castilllo de arena que el agua del mar disuelve, y volvemos a construir, incesantemente.

Mis heridas, que son una compañía constante, me recuerdan la totalidad de mi camino. ¿Qué fue lo que aprendí en las sucesivas y constantes situaciones de amenaza y/o agresión? Mi vida a mi favor.

Les invito a que nos hagan llegar sus experiencias. La fuerza colectiva es el sumar, el agregar, el juntar hacia una vida más sana y justa.

Vengo a la página buscando un lugar

Llega a su fin el día

La vida continúa

Yo no establecí ni apoyo al sistema capitalista

No creo tampoco que la explotación, la injusticia, o la violencia

Sean camino para nada bueno

Al contrario, me cuento desde temprano

Entre el número de quienes creen en la construcción colectiva

El trabajo contínuo que nos integra en la historia

La educación, el arte

La confianza mútua, la reconstrucción de la persona y la comunidad

La poesía, la fe, el trabajo, la solidaridad, el amor

Valores supremos que me orientan desde el comienzo

Siguen siendo mis guías

Vengo a la página

Buscando un lugar

En un mundo que parece girar demasiado rápido

Pero hay algo inmóvil

Que conocí desde temprano

Y adonde voy constantemente

De allí no salgo o trato de no salir

Es la morada interna

La mirada poética

La búsqueda constante por esa residencia en Dios

Que el evangelio y la vida cotidiana reconfirman

Las vulnerabilidades, la fragilidad

Es por donde y en donde Dios habita.

 

¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué sentido tiene para mí estar vivo?

Hoy  me hice estas preguntas, y de inmediato me vino una respuesta. Mi vida tiene sentido, sí. Son sentidos cambiantes, tal como todo cambia. Especialmente tiene sentido para mí vivir y alimentar sueños personales y colectivos.
Cultivar y disfrutar de la belleza, de la amistad, de la familia, de las relaciones que construyo y mantengo en los colectivos de que formo parte. Alimentar la esperanza de que es posible una vida rescatada de todo lo que la amenaza.
Más allá del capitalismo y sus atrocidades, más allá de la estructura de clases y su injusticia, más allá de todas las formas de dominación y de opresión, resplandece una llama. Es el amor.
El amor sobrevive a todas las situaciones, nos refuerza cuando todo parece estar perdido, nos da una esperanza cuando todo parece estar fuera de nuestro alcance. El amor es más que deseo (aunque lo incluye), es más que pasión (aunque la encienda y de ella dependa), es la fuerza que mantiene al mundo.
Cuando yo me veo en ese juego, cuando me veo como las personas a mi alrededor, con las mismas fragilidades u otras, con ese mismo espíritu de fe que nos mueve a los seres humanos, que nos hace capaces de reír de cosas simples, de jugar cuando es necesario relajar la tensión, me doy cuenta de que somos parte de un mismo tejido.
Por eso cuando pregunto por el sentido de mi vida, me viene a la memoria todo lo que viví hasta ahora, y en esa suma reconozco que hubo momentos de serio riesgo, que dejaron marcas. Esas marcas y las vulnerabilidades que quedaron, son un recuerdo.
Tengo que enfrentar constantemente el desafío de resignificar mi vida. Esto es divertido, en algún sentido. Tengo que prestar extrema atención y cuidado a este niño que está aquí, que quiere aprender y enseñarme a seguir adelante. Por eso acepto todo lo que significa estar vivo. Es una posibilidad de felicidad en medio de circunstancias desafiantes