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¿Cómo es que mis fragilidades y vulnerabilidades son mi fortaleza?

Cuando me hago esta pregunta, veo la trayectoria total de mi vida. Los caminos que me trajeron hasta aquí. La persona que soy en sus múltiples dimensiones.

El arte. El juego

La acción educativa

El humor

La fe. La familia.

Voy a enumerar hasta ocho campos de actuación.

La sociología. La ciencia.

La poesía.

¿Qué es lo que une, lo que junta todo esto?

Un sentimiento, o varios.

¿Cuáles son mis vulnerablidades o fragilidades?

Una sensación como de inadecuación, no pertenecimiento, extrañeza.

¿Cómo es que esto es una fortaleza para mí?

¿Consigo ver el nexo entre una cosa y otra?

Justamente lo que me mueve y me mantiene activo, es esa sensación de desborde, de impulso contínuo hacia algo que quiero alcanzar.

Como si no hubiera fronteras entre yo y el mundo.

Esto me fuerza a un equilibrio constante. Una atención permanente para no chocar contra los límites establecidos socialmente. Choco y vuelvo.

Me doy cuenta de que es natural. Soy así. No hay nada de malo, nada equivocado, ninguna deficiencia ni defecto.

Busco constantemente algo que está en mí y me envuelve.

Me perdono por ser así y no de otra manera. Me abro al entorno buscando acogimiento.

Lo encuentro pues sinceramente necesito imperiosamente, vitalmente, saber que tengo un lugar en el mundo.

¿Qué revolución?

Llueve. ¿Qué quiero? Saber qué quiero. Sentirme bien. Voy limpiando mi interior. Sacando lo que no sirve, lo que no es mío. La basura a la basura. Espero que pase la lluvia para salir.

Mientras tanto, ando por las veredas internas. Escucho “Despacito,” de Luis Fonsi. Trato de descomprimir. Pocas obligaciones. Cosas de casa. Trato de hacerlas divirtiéndome.

O al menos sin sufrimiento. ¿Qué revolución? La lluvia llama a un recogimiento. Veo lo que fueron y son mis caminos. Sentir. Siento mucho. No en el sentido de una disculpa.

Escucho Pink cantando “What´s up”. Las letras van bajando a la hoja. La lluvia hace un espacio. Un intervalo. Escucho a la gente, no sólo con los oídos, sino con el corazón.

La canción me llega con todo. Cómo se puede hablar de dilemas, aún de problemas, sin envenenarnos. Esa es mi revolución. Así eran Los Beatles. Revolución. ¿Qué revolución? Amar. Amor.

Reír. Mi río interior, que legué a pensar fuera una debilidad o defecto, es una virtud. Es mi fuerza. Escucho Katy Perry: “Roar.” Así se va yendo la mañana. Algo de sol me dice que es hora de salir.

Siempre fui de jugar. No caía bien a cierta gente “seria.” Pero sigo jugando. No habría llegado hasta aquí sin jugar. Desactivar el mecanismo interior de la violencia. No necesito salir armado a la calle.

Puedo simplemente ir. Recuerdo cómo cuando vivía en Mendoza, la música era un correo directo. El aire y el sonido nos unían.

La lluvia y el sol me trajeron de vuelta. Rain. Así que ahora ya les puedo dejar. ¡Hasta mañana!

Concientemente

No me basta vivir. Tengo necesidad de saber que estoy viviendo concientemente. Saber que soy yo mismo todo el tiempo, sin concesiones a las concesiones habituales y adaptativas, que puedan estar robándome este instante de valor sin igual.

Trato de vivir con propósitos, con finalidades y con determinación. Estar todo entero en cada pequeña cosa. Entonces todo es pleno. Y veo que mi vivir es integrado, es una costura de tiempos y no un mero transcurrir ausente o semiausente.

Cuando consigo estar plenamente presente, todo está bien. Lo que me angustia y molesta es la semivida, el estar a medias, el hacer de cuenta. Pasé buena parte de mi vida luchando contra presiones adaptativas forzadas más o menos clara y abiertamente.

Creo que conseguí ser yo mismo aún en muchas situaciones en que parecía que sería imposible no tener que ceder y doblegarse. No lo consigo siempre, hay momentos de distracción o ausencia o automatismo.

Pero trato de que mi estar aquí, tan valioso y preciso, sea justamente cada vez más mío, cada vez más clara y totalmente yo aquí. A la edad en que me encuentro, veo la trayectoria total de mis dias, como un tejido integrado que me contiene y representa de manera bastante verídica.

Poco falseamiento. A no ser unas cobranzas de mayor autonomía y decisión que tengo que enfentar casi diariamente, desmintiendo el saldo negativo inexistente. Rehaciéndone cada vez más yo. Siempre más yo. Esto me calma y tranquiliza. Me da paz.

Puedo fluir y tener mis lugares convivenciales y relacionales y ejercer mi voluntad creativamente para conservar mi libertad. Da trabajo, pero es divertido a veces. Otras veces, cansa. Es como jugar. A veces gano, otras no. Pero siempre me alegra ver que tengo otra chance.

Dale un tiempo a la vida. (Espera la vida llegar)

Estos días pasados he pensado bastante sobre esto. Lo que quiero decir, es esto: es algo simple, y sin embargo no muy fácil de explicar. Lo que quiero decir, es que muchas veces tratamos de imponer nuestra voluntad, nuestros deseos, ideas, expectativas, y no le damos tiempo a la vida. ¿Esto de dice algo? A mí me dice varias cosas, que he tenido oportunidad de ir comprobando estos días. Es como que ir dejándole la posibilidad de ser, de venir, de presentarse, independientemente de lo que yo pueda estar esperando. Lo he hecho algunas veces, de la siguiente forma: en vez de avanzar, esperar. En vez de anticiparme, ver lo que ocurre. En vez de tratar de imponer lo que pienso a las cosas, a la gente, a los acontecimientos, a lo que pasa, espero y veo, miro. Es como que adoptar por algunos momentos, la postura de un espectador. Alguien que está mirando, nada más.

Creo que muchas veces estamos tan preocupados con obtener un resultado determinado, que lo que se presenta, no nos dice nada, nos es indiferente. De esta forma, dándole una oportunidad a la vida, muchas veces ella nos sorprende, y mucho. Es como un juego, a veces avanzas, otras dejas pasar. Me ha resultado entretenido esperar, ver lo que la vida trae cuando le doy la posibilidad, cuando dejo que la vida se presente por sí misma, cuando le doy un tiempo a la vida.